«Franciscana estigmatizada. Mística muy venerada en Nápoles y
especialmente querida por las mujeres que padecen esterilidad y desean
concebir un hijo, ya que al respecto se le atribuyen incontables
milagros»
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| Santa María Francisca de las Cinco Llagas (Wiki commons) |
(ZENIT – Madrid).- Anna María Gallo nació en Nápoles,
Italia, el 25 de marzo de 1715. Sus padres eran comerciantes y residían
en el conocido barrio español, entonces feudo de pillos, gentes de mal
vivir. Gracias a Bárbara, su madre, Anna vio dulcificada parte de su
vida, ya que tuvo que presenciar (y fue también receptora) de los malos
tratos de su padre. Éste era tan iracundo que, antes de su nacimiento,
su madre presa de angustia, acudió a san Francisco Jerónimo y a san Juan
José de la Cruz quienes le vaticinaron que tendría una hija santa. Y
esta virtuosa y abnegada mujer enseñó a la niña a vivir en la presencia
de Dios. Su ejemplo hizo que en el barrio fuese conocida como la
«santita». En el taller de hilados su padre le impuso un horario de
trabajo inusual para su edad. Dedicaba varias horas al día a la oración,
la lectura, la meditación y las penitencias que fueron ordinarias en su
itinerario espiritual. Todo ello sin menoscabo de su tarea en la que
rendía el doble que las trabajadoras que vivían centradas en la labor. Y
eso llamaba la atención de sus compañeras.
Desconocían que privadamente había consagrado su vida a
Dios. Por eso cuando a los 16 años, su padre se empeñó en desposarla
con un pretendiente de buena posición que admiraba su virtud y belleza,
pese a que las penitencias se reflejaban en su pálido rostro, se negó
rotundamente. Él la golpeó sin piedad y la recluyó vetándole todo
alimento, excepto pan y agua. Fue su oportunidad para intensificar la
mortificación, la oración y la penitencia, hasta que Bárbara consiguió
aplacar a su marido con la mediación del padre Teófilo, franciscano de
la Orden menor, y terminó con el encierro de la santa en 1731. Entonces
tomó el hábito como terciaria franciscana de san Pedro de Alcántara, y
el nombre de María Francisca de las Cinco Llagas con el que fue
encumbrada a los altares; lo eligió por su devoción a la Pasión de
Cristo, a la Virgen María y al Poverello.
Fue dirigida por los Hermanos Menores del convento de
Santa Lucía al Monte, si bien seguía viviendo en el domicilio paterno.
Allí prosiguió el régimen de vida austero con ayunos y disciplinas que
se infligía con severidad, incluyendo flagelaciones y cilicios, entre
otros. La circunstancia de continuar al abrigo de su familia llevó
consigo determinados contratiempos. Con la cercanía hubo hechos
evidentes de carácter sobrenatural que no pudo mantener ocultos, y los
suyos unieron sus críticas mordaces a las de otras personas ajenas al
hogar. Porque Anna fue bendecida con favores místicos (éxtasis,
apariciones, arrobamientos…), y dones extraordinarios. Su padre intentó
obtener provecho de ellos y le trasladó lo que un negociante le había
propuesto: nada menos que hiciera uso de estas gracias para obtener un
buen dinero, dedicada a una especie de quiromancia. La joven protestó:
no era una adivina. Pero su padre replicó que, al ser una santa,
conseguiría el favor de Dios para adivinar el futuro. Al recibir su
negativa, volcó su ira en ella azotándola con el látigo. Por este hecho,
un juez, que fue advertido por el obispo, le amenazó con una multa si
volvía a castigar a su hija de ese modo. Nunca más lo hizo.
A la muerte de su madre, la santa se trasladó al
domicilio del sacerdote Giovanni Pessiri, al que sirvió los treinta y
ocho años restantes de su vida. Allí vivió junto a otra franciscana. Las
tentaciones y ataques que le infligía el demonio eran frecuentes; hasta
fue inducida al suicidio. Del crucifijo brotó un día la solución para
ahuyentarlo: «Cuando te asalten los ataques de los enemigos del alma,
haz la señal de la cruz, y además de invocar los nombres de las tres
divinas Personas de la Santísima Trinidad, debes decir varias veces:
‘Jesús, José y María’». Así lo venció. Fue frecuentemente acompañada del
arcángel san Rafael y ocasionalmente del arcángel san Miguel.
En medio de sus numerosos éxtasis, que la dejaban sin sentido, en la
Navidad de 1741 vivió la experiencia del «desposorio místico»; quedó
ciega durante 24 horas. Los fenómenos místicos que la acompañaron en
tres ocasiones, se manifestaban en el instante de recibir la comunión,
momentos en los que la Sagrada Forma, bien en manos del consagrante o
hallándose en el copón, se posaba en sus labios sin que mano humana la
depositara en ellos. Pero lo más significativo fue la aparición en su
cuerpo de las cinco llagas de la Pasión del divino Redentor. Además,
sufría dolores similares a los que Cristo padeció en todo el proceso
comenzando por el Huerto de los Olivos, la flagelación, coronación de
espinas, portar la cruz a cuestas camino del calvario, la crucifixión y
el estado de agonía del Viernes Santo. Todo ello lo entregó en oblación
por la conversión de los pecadores y por las almas del purgatorio. A lo
largo de su vida padeció incomprensiones, ofensas y murmuraciones de
diverso calado, sufrimientos que asumió con paciencia, silencio y
oración.
En ese proceso de discernimiento seguido por las
autoridades eclesiásticas para dilucidar cuánto de verdad había en sus
visiones y cuánto de superchería, el cardenal arzobispo Spinelli
determinó que fuese dirigida por el sacerdote Ignacio Mostillo, que
durante siete años la sometió a severas pruebas, asegurándose de la
autenticidad de las mismas. En una ocasión confió a
su director espiritual: «He sufrido en mi vida todo lo que una persona
humana puede sufrir. Pero todo ha sido por amor a Dios». Recibió también
el don de profecía; vaticinó a san Francisco Javier María Bianchi, a quien conocía, que subiría a los altares.
Murió el 6 de octubre de 1791. Gregorio XVI la beatificó el 12 de
noviembre de 1843. Pío IX la canonizó el 29 de junio de 1867. La silla
en la que se sentó en Nápoles durante los últimos 7 años de su vida, es
codiciada por las mujeres con esterilidad diagnosticada, que toman
asiento en ella al saber que se cuentan por miles las que después de
haberlo hecho hallándose en sus condiciones concibieron un hijo.
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