«Tildada de tontita, en su breve existencia recorrió un sendero
espiritual admirable, calificado por Pío XII como ‘camino de los
coches’: humilde, oculto, edificante. Inundó con su caridad a los pobres
y a los enfermos»
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(ZENIT – Madrid).- Por fortuna, la eficacia ni es requisito
ni influye en la santidad; tampoco el juicio humano tiene que ver con
el divino, algo que se ha recordado ya en este santoral en otras
ocasiones. La vida de esta joven italiana, Anna Francesca, fue esa luz
fulgurante que brilló en medio de quienes se apresuraron a negarle la
gloria, tildándola de «tontita» dentro y fuera de la Iglesia. Relevando
misteriosamente al fundador de la Orden en la que se santificaría,
Giovanni Antoni Farina, nació el 6 de octubre de 1888, justamente el año
en el que este virtuoso prelado entró en el cielo. Anna vio la luz en
Bréndola, Italia. Y tal vez si hubiese venido al mundo en un hogar
amable y atento, hubiera tenido una infancia y juventud distintas,
aunque quién sabe si de ese modo habría conquistado la gloria de los
altares.
Lo de menos fue la pobreza de su familia campesina.
Pero a su frágil salud y cortedad de miras, se unieron los malos modales
de un padre ebrio, apresado por los celos y violento, carácter
seguramente agriado por las carencias económicas, que la maltrató
cotidianamente. No es de extrañar que a sus 16 años, con este panorama y
un desajuste que afectaba también a sus estudios, soñara con otra clase
de vida y dejara atrás su empleo doméstico en casa de unos vecinos. Se
comprende que mirase con esperanza un futuro mejor junto a las Hermanas
Maestras de Santa Dorotea Hijas de los Sagrados Corazones, máxime cuando
ya a sus 12 años había consagrado a Dios su virginidad.
Pero le precedía la apreciación de quienes la rodeaban o la conocían
someramente, no tanto por su talante trabajador y su fuerza de voluntad,
velada para la mayoría, como por el juicio que les merecía su escasa
inteligencia. Y hasta el arcipreste Gresele tomó con cierta chanza la
vocación de Anna cuando se la notificó el párroco Capovilla que la había
acogido como integrante de las Hijas de María. Él también dudó
inicialmente de su valía, pero se aseguró de que al menos serviría para
realizar tareas domésticas. Así lo transmitió al arcipreste que habló
con otras religiosas; ellas se negaron a admitirla. El caso es que Anna
ingresó en el Instituto al que aspiraba, en la ciudad de Vicenza, y en
1905 tomó el hábito y nombre de María Bertilla en honor de la abadesa de
Chelles, de origen francés, santa Bertilla. A fuerza de ser
descalificada en su entorno, ella misma se creía incapaz; se
minusvaloraba. Pero su virtud era una potente luminaria.
Con admirable humildad, teniendo claro que no elegía el
convento como refugio para sus males sino como un trampolín para su
perfecta consagración, fue directa al grano y dijo a la maestra de
novicias: «Yo no sé hacer nada. Soy una inútil, una ‘tontita’. Enséñeme a
ser santa». Quizá no impresionara demasiado a la formadora con esta
insólita y edificante presentación que hizo de sí misma, aunque era para
conmoverse, pero la cuestión es que la destinaron a la cocina, a la
panadería y a la lavandería, oficios que desempeñó durante un año.
Solamente quería cumplir la voluntad de Dios. Mostraba su gratitud
cuando era reconvenida por algo. Dócil, con gran inocencia evangélica,
estaba a merced de su maestra: «me corrija siempre; me hará un gran
favor». Ya estaba trazado su camino, que fue calificado por Pío XII como
«‘Camino de los coches’, el más común. Nada de éxtasis, nada de
milagros en vida, sino una unión con Dios cada vez más profunda en el
silencio, en el trabajo, en la oración, en la obediencia. De esa unión
venía la exquisita caridad que ella demostraba a los pobres, a los
enfermos, a los médicos, a los superiores, a todos». Y así fue. Las
palabras de su fundador: «vívase en la obediencia y en la obediencia se
muera» cincelaron también su vida consagrada.
Alguien se percataría de que podía tener cualidades para la
asistencia a los enfermos, y la enviaron a estudiar enfermería en el
hospital regentado por las religiosas en Treviso. Pero la superiora
general la devolvió a la cocina hasta que profesó en 1907. Entonces se
reveló como un ángel de bondad para los niños afectados de difteria y
del resto de enfermos de las diversas salas por las que pasó, algunos
con lesiones nauseabundas. En 1909, no sin dificultad, mientras
convalecía de una operación se preparó y obtuvo el título de enfermera.
En 1915 asistió a los heridos de guerra en Viggiù, zona
cercana a Como. Era más que evidente que poseía unas excepcionales
cualidades para ello. La superiora no apreciaba su labor –que, sin
embargo, conmovía a los oficiales y al capellán–, y la corregía
severamente por su atención a los enfermos y su celo en el trabajo,
enviándola a la lavandería. Del interior de la santa brotaba esta
ardiente súplica: «Jesús mío, os pido por vuestras santas llagas,
hacedme morir mil veces, antes que yo haga alguna acción solo para que
me alaben». Así que las disposiciones que se tomaban en relación a ella,
como ésta, las acogía con inmensa gratitud; era explícita a la hora de
mostrarla. De hecho, cuando le notificaron su misión en el lavadero,
manifestó gozosa: «muchas gracias, madre».
Una nueva superiora general la destinó al hospital de
Treviso poniéndola al frente del pabellón infantil de infecciosos.
Asumió la tarea con obediencia, en silencio, llena de caridad, haciendo
vida su lema: «A Dios toda la gloria, para el prójimo toda la alegría y
para mí todo el sacrificio». Al final fue hospitalizada. Años atrás
había contraído una enfermedad de la que fue operada sin éxito. Un
médico que la asistía, y que se declaraba no creyente, comentó después
de hacerle una visita: «allá arriba está muriendo una santa». Su
tránsito se produjo el 20 de octubre de 1922. Tenía 34 años. Antes de
expirar dejó este mensaje a la superiora general: «Diga a las hermanas
que trabajen solamente por el Señor, que todo es nada, todo es nada». Le
acompañaron fama de santidad y prodigios. Pío XII la beatificó el 8 de
junio de 1952. Juan XXIII la canonizó el 11 de mayo de 1961.
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