«Este mexicano tuvo el corazón en el sagrario y en el cielo. Devoto
de Jesús Sacramentado, pasión que difundió en derredor suyo, fue
ajusticiado brutalmente por las tropas gubernamentales de su país por su
condición sacerdotal»
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| San Pedro de Jesús Maldonado Lucero (Wiki commons) |
(ZENIT – Madrid).- Hoy, festividad de la Virgen de Lourdes, también
se celebra la vida de este gran presbítero. La trayectoria de muchos
sacerdotes a quienes segaron la vida los enemigos de la fe siempre ha
sido un ejemplo de fidelidad a la vocación que recibieron. Aunque la
fortaleza que han exhibido estos testigos de Cristo cuando se
enfrentaron a la muerte está alentada por la gracia, no cabe duda de que
este don había sido alimentado previamente con una disposición
sustentada en la oración, la recepción de los sacramentos, y la
silenciosa ofrenda del día a día. Ésta siempre encierra una heroicidad
que cada uno y Dios conocen, quedando velada por lo general para los
demás. En ella se fragua el abrazo a esa cruz que se mantiene enhiesta
apuntando a un cielo único, añorado destino para los seguidores del
Redentor.
Pedro era natural de Chihuahua, México, donde nació el 15 de junio de
1892. Mientras estudiaba con los paúles se sintió llamado por Dios, y a
los 17 años ingresó en el seminario. Allí germinó esta decisión
irrevocable: «He pensado tener mi corazón siempre en el cielo, en el
sagrario». Y ciertamente la Eucaristía fue el eje central de su vida y
acción apostólica. Eran tiempos agitados porque la ideología política
dominante se había propuesto erradicar violentamente todo resquicio
espiritual. Al cerrar el seminario, donde todos sus integrantes habían
pasado por múltiples penalidades y Pedro salió con un organismo
debilitado y expuesto a la enfermedad, regresó a su casa paterna, y allí
prosiguió su formación. Inclinado a la música, aprovechó para aprender
piano, órgano y violín.
En enero de 1918 fue ordenado sacerdote en El Paso, Texas. Ejerció su
labor pastoral en San Nicolás de Carretas, Cusihuiachi y Jiménez. Se
ocupó de los indígenas tarahumaras y se afanó en reducir la ingesta de
alcohol. Nunca ocultó su predilección por los pobres, a quienes ayudaba
en sus necesidades, y llegó a criar y educar a un huérfano indigente.
Era bien acogido por los campesinos y las gentes sencillas que le pedían
una bendición para librar a sus campos de las temidas plagas de
langosta. Muchos atestiguaron cómo había logrado expulsarlas con su
oración algunas veces. En el distrito de Jiménez le persiguieron grupos
masónicos en distintas ocasiones.
En 1924 fue designado párroco de Santa Isabel. Tenía un don especial
para tratar con la gente. Fue significativa su capacidad para formar a
niños, jóvenes y adultos, a quienes explicaba la historia de la
salvación por medio de la fotografía que se convirtió en fértil
instrumento pedagógico. Sus cualidades artísticas y musicales fueron muy
útiles en esta labor catequética. Devoto de la Eucaristía puso todo su
entusiasmo en difundir el amor a Jesús Sacramentado. Muy significativo
fue el desarrollo que bajo su amparo tuvieron la Adoración Perpetua al
Santísimo Sacramento, la Adoración Nocturna y las Hijas de María.
Entre 1926 y 1929 la persecución religiosa inundó Chihuahua. Él fue
uno de los acosados en medio de hostilidades que desembocaron en la
clausura de templos, seminarios y centros de enseñanza católicos, además
de la muerte de sacerdotes y creyentes. Este encarnizamiento había
tenido ligeros puntos de inflexión con aparentes acuerdos entre el
gobierno y la Iglesia. Que no eran tales lo prueba que, a un breve
periodo de cierta permisión, le siguiera otro de mayor ferocidad en las
prohibiciones. Las de esa franja aludida fueron especialmente
virulentas. Pedro pasó esos años como un fugitivo; se hallaba a merced
de personas de nobles sentimientos que le abrían las puertas de sus
casas. Un frágil impasse le permitió atender a los fieles hasta 1934,
mientras las autoridades proseguían con su programa de veto total a la
fe. Restricciones y castigos ejemplarizantes contra los que se oponían a
las consignas gubernamentales eran caldo de cultivo para los católicos.
Ese año de 1934 Pedro fue detenido, sufrió maltrato y amenazas de
muerte, aunque en un primer momento lo desterraron a El Paso. Quizá
pensaron que amedrentado dejaría a su grey. Pero no fue así.
Regresó a Chihuahua, a la parroquia de Santa Isabel, junto a su
pueblo. La fiebre no pudo con su ardor apostólico, y en medio de la
enfermedad confirmó a todos en la fe. Dos escenarios últimos de su
incansable celo fueron El Pino, un rancho donde tuvo que pasar un año, y
Boquilla del Río. En este lugar una familia creyente y valerosa puso su
casa a merced de la iglesia para convertirla en un improvisado oratorio
en el que el sacerdote daba continuidad a las misas y la celebración de
los sacramentos. El 10 de febrero de 1937 había celebrado el miércoles
de ceniza y se hallaba confesando. Un grupo de violentos ebrios y
portando armas irrumpieron en la casa. Los fieles quisieron protegerle,
pero Pedro, a fin de mantener a salvo sus vidas de la brutalidad que
preveía se iba a desatar, tomó la Eucaristía consigo y se entregó.
El camino que tuvo que recorrer descalzo y atado con fuertes cuerdas
fue un calvario que afrontó rezando el rosario en voz alta. El
pistoletazo que recibió en la cabeza fue de tal calibre que afectó de
forma irreversible al cráneo. La pérdida de uno de sus ojos que en ese
instante se desprendió del rostro, por decirlo suavemente, da idea de la
brutalidad del golpe que le asestaron. Previamente, tomaron la
Eucaristía que cayó del relicario, y se la ofrecieron sin atisbos de
compasión: «¡Cómete esto!». Al día siguiente, entregó su alma a Dios.
Fue beatificado por Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992, quien lo
canonizó el 21 de mayo de 2000.
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