«Es una de las advocaciones de María universalmente conocidas. Su
difusión creció a raíz de la aparición de la Virgen a santo Domingo de
Guzmán portando un rosario en sus manos. Junto a Ella, aconsejan su rezo
santos y pontífices»
(ZENIT – Madrid).- En este santoral de ZENIT, que se inició a
primeros de noviembre de 2012, por vez primera se incluye un espacio
específicamente dedicado a la Virgen, aunque a través de la vida de los
santos y beatos ofrecidos siempre ha estado presente. La tradición
mariana impregna la cultura de incontables rincones del mundo. Sin disimular su orgullo, las gentes relatan
la ancestral devoción heredada y transmitida a las sucesivas
generaciones por la patrona que les aglutina. Cada una de las imágenes
veneradas, que fue descubierta por alguien en lugares y circunstancias
diversas, así como la aparición milagrosa directa de Ella misma, tiene
tras de sí la grandeza de la fe florecida en el noble corazón de
personas sencillas que nunca osaron dudar de la presencia de la Reina
del cielo. Todas han tenido un porqué. Con ellas María insta a la
penitencia, advierte de los peligros de no vivir la conversión, media
para que se restablezca la paz cuando ha sido el caso, auxilia a los que
están en peligro, responde a todos los que la invocan y se encomiendan a
su mediación, sea cual sea la situación en la que se hallen. Siempre es
portadora de consuelo y esperanza para sus hijos; lleva consigo
multitud de bendiciones.
Hay advocaciones de carácter local, de modo que la noticia de su
existencia es restringida. Otras son universalmente conocidas, como
sucede con la que hoy se celebra: la de Nuestra Señora del Rosario. Tras
cada una de ellas se esconde una hermosísima tradición. Por lo general,
radica en apariciones que han tenido como acreedores de esta gracia a
personas de distinta edad y condición. Han sido escenarios de su
presencia árboles, oquedades, montañas, grutas, colinas, rocas, lugares
desérticos que han florecido milagrosamente bajo sus pies, riveras
marinas o el océano mismo, en campo abierto o en un templo, bien en la
intimidad de un convento o en una humilde celda… Todos ellos, y muchos
más, han servido para enmarcar una historia de amor sellada por la
Virgen en una localidad determinada, en una nación, o en una persona
concreta; son «acueductos» a través de los cuales proyecta sus gracias a
la Humanidad entera.
El origen del rosario, aunque no como es conocido, se remonta al s.
IX. Era usual en la observancia monástica con la lectura de los 150
salmos en la Liturgia de las Horas. El vulgo se limitaba a rezar 150
avemarías (el conocido «salterio de la Virgen»). En 1208 María se
apareció a santo Domingo de Guzmán en la capilla del monasterio de
Prouille, Francia. Era un momento difícil para él marcado por su lucha
contra los albigenses, y rogaba a la Madre de Dios que le sostuviera en
esa batalla. Portaba un rosario en sus manos que le enseñó a rezar,
rogándole que difundiera por doquier esta devoción, a la par que
vaticinaba incontables bendiciones especialmente en la conversión de los
pecadores. El santo hizo depositario de esta gracia, entre otros, a
Simón de Monfort, que tenía vía libre para dirigirse a los soldados que
se hallaban bajo su mando e iban a combatir en Muret. Toda la tropa rezó
esta oración y obtuvo la bendición de María con el resultado de una
espectacular victoria. En conmemoración de este hecho, que Simón
consideró obra de Ella, erigió una capilla dedicada a Nuestra Señora del
Rosario.
Domingo propagó esta devoción y fue testigo de numerosas
conversiones. Después de su muerte, los dominicos tomaron el testigo
continuando esta misión. Pero el ser humano muchas veces peca de
inconstancia, y aunque la oración fue acogida y rezada con piedad
durante un siglo, después decayó. Entonces María volvió a hacerse
presente para pulsar el corazón de sus hijos. Así, en el siglo XV se
apareció al beato dominico bretón Alain de la Roche reiterando las
promesas –quince en total– que había hecho a Domingo. Le rogó que
recuperase esta tradición que se había perdido diciendo que, si además
de saludarla, añadían la meditación sobre la vida, muerte y Pasión de su
Hijo, se sentiría totalmente complacida. Le aseguró que serían tantos
los milagros que se producirían con su rezo, que no habría prácticamente
volúmenes para recogerlos. El beato volvió a restablecer esta devoción
que fue calando en las gentes sencillas y en otros estratos sociales del
pueblo cristiano.
Cuando el 7 de octubre de 1571 se obtuvo la victoria de los
cristianos en la batalla naval de Lepanto, el papa san Pío V, que vio en
ella la intercesión de María, solicitada rezando el rosario, extendió
su práctica. Instituyó la celebración de Nuestra Señora de las
Victorias, y mandó incluir en las letanías el título de «Auxilio de los
cristianos». A Gregorio III se debe haber reemplazado el nombre de
Nuestra Señora de las Victorias por el de Nuestra Señora del Rosario,
como se viene celebrando desde entonces. La historia recoge memorables
batallas en las que el adalid del triunfo obtenido ha sido siempre la
advocación a la Virgen del Rosario. Distintos pontífices han ido
acogiendo fervorosamente su rezo, otorgándole diversas indulgencias.
Entre las encíclicas de León XIII se hallan doce dedicadas a él. A este
papa se debe que la Iglesia confiera al mes de octubre la dedicación al
santo rosario y a la presencia en las letanías del título «Reina del
Santísimo Rosario». San Juan Pablo II, al igual que hicieron sus
predecesores así como sus sucesores Benedicto XVI y Francisco, insistió
en la conveniencia de rezarlo, y en 2002 añadió los misterios luminosos.
En total se recorren veinte misterios de la vida de Jesucristo y de
María. Tanto en Fátima como en Lourdes, María se apareció llevando un
rosario en sus manos, pidiendo a los videntes: «Rezad el rosario».
En las primeras décadas del siglo XX esta oración se hizo popular en
el mundo gracias al P. Patrick Peyton, quien hallándose plenamente
convencido de haber sanado de su enfermedad gracias a María, no dudó en
llevar a cabo su bellísima cruzada en pro del rosario haciendo de este
lema «la familia que reza unida, permanece unida» un heraldo de
reconciliación, bendecido por la Virgen.
in
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