El Papa y Simoni se abrazan AFP/L'Osservatore
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Ernest Simoni, 28 años preso del comunismo albanés
Su testimonio movió a Francisco a declararlo "mártir"
Cameron Doody, 10 de octubre de 2016 a las 11:26
(C. Doody/Agencias).- En 1963 el padre Ernest Simoni
fue encarcelado y sentenciado a muerte por el gobierno comunista de
Albania. Ahora será cardenal de la Iglesia este humilde sacerdote
franciscano cuyo testimonio, al oírlo en persona en 2014, hizo llorar al Papa Francisco.
"De verdad, escuchar hablar a un mártir sobre el propio martirio es
fuerte. Creo que todos estábamos conmovidos por estos testimonios que
hablaban con naturalidad y humildad, y que parecían casi contar las
historias de las vidas de otros". Son las palabras que el Papa Francisco
usó para describir la reunión que mantuvo con Simoni y otra víctima de
la brutal represión comunista, sor Marije Kaleta, durante su visita a Albania en 2014.
Nacido en 1928, Simoni fue ordenado sacerdote en 1956, en la fiesta
de la Divina Misericordia. Tras intensificar su opresión de personas de
fe -tanto la cristiana como la musulmana- en la década de los 60, el régimen de Enver Hoxha decide detenerlo la Noche Buena de 1963, mientras celebraba la Misa,
y lo sentencia a muerte por pelotón. Recordó la noche de su arresto
delante del Papa, en aquella ocasión en la catedral de Tirana: "Me dijeron: tú serás colgado como enemigo, porque dijiste al pueblo que todos moriremos por Cristo si es necesario".
Acabaría pasando nada menos que 28 años encarcelado -sufriendo
condiciones inhumanas, torturas y los cargos físicos y emocionales de
trabajo forzado primero en una mina y luego en una planta de aguas
residuales- solo porque rehuyó de renunciar a la Iglesia.
"Durante el periodo de prisión celebré la misa en latín, de memoria, y también confesé y distribuí la comunión a escondidas",
contó al Papa. "La hostia la cocía a escondidas en pequeñas estufas de
petróleo que servían para el trabajo. Si no podía usarla, guardaba un
poco de leña seca y encendía el fuego. Sustituía el vino con el jugo de
las uvas que exprimía. Y en invierno utilizaba el vino que me llevaban
mis parientes", narró Simoni. Se hizo cargo de las necesidades
espirituales de los otros presos y encontró inspiración especial en el
Salmo: "El Señor es mi pastor, nada me falta". "¡Cuántas veces recité este Salmo!", recordó.
Cuando se colapsó el régimen comunista albanés en 1991, Simoni volvió
al ministerio público, un modesto pero respetado párroco de pueblos
montañosos. "Con la llegada de la libertad religiosa", se acordó delante
del Papa, "el Señor me ayudó a servir a muchas aldeas y a que se
reconciliaran muchas personas con la Cruz de Cristo, alejando el odio y
el diablo de los corazones de los hombres".
Al terminar de contar su testimonio aquella tarde en Tirana se acercó
a Francisco y se arrodilló delante de él, queriendo besar su anillo. El Papa lo levantó, lo recibió en un sostenido y cálido abrazo, y acabó llorando: un gesto de igualamiento del que acaba de hacer eco al elevar Simoni al Colegio Cardenalicio.
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