sexta-feira, 20 de abril de 2018

San Conrado (Juan Evangelista) Birndorfer de Parzham, 21 de abril

San Conrado (Juan Evangelista) Birndorfer De Parzham
Ejemplo de caridad y piedad en la vida ordinaria

«El santo portero de Altötting. Ejemplo de caridad y piedad en la vida ordinaria de un capuchino que desde niño aborrecía el pecado y que alcanzó la gloria ejercitando su humilde misión durante más de cuarenta años»
El testimonio de vida de este humilde capuchino nuevamente pone de relieve que la santidad se alcanza en cualquier misión por sencilla que sea. El dintel del convento y la campanilla que avisaba de la presencia de alguien era el escenario cotidiano de Conrado. Ante todo recién llegado al claustro de la ciudad bávara de Altötting con su cálida sonrisa y sencillez dibujaba seductoras expectativas aventurando las bendiciones que podían derramarse sobre ellos en el religioso recinto. Para un santo las contrariedades son vehículos de insólita potencia que le conducen a la unión con la Santísima Trinidad. Él sobrenaturalizó lo ordinario en circunstancias hostiles. Y conquistó la santidad. No hicieron falta levitaciones, milagros, ni hechos extraordinarios, sino el escrupuloso cumplimiento diario de su labor realizada por amor a Cristo. En la portería que tuvo a su cargo durante más de cuatro décadas no olvidó que franqueaba el acceso a su divino Hermano, especialmente cuando los pobres llegaban a él y les atendía con ejemplar caridad. Con virtudes como la amabilidad, caridad y paciencia, fruto de su recogimiento, forjaba su eterna corona en el cielo, aunque ni sus propios hermanos de comunidad podían sospecharlo.
Nació en Venushof, Parzham, Alemania, el 22 de diciembre de 1818 en el seno de una acomodada familia de labradores que tuvieron diez hijos, de los cuales fue el penúltimo. Estos generosos progenitores, con sus prácticas piadosas diarias realizadas en familia, le enseñaron a amar a Cristo, a María y a conocer la Biblia. No era extraño que con ese caldo de cultivo siendo niño le agradase tanto orar y sentirse feliz al hablar de Dios. Su madre advertía en el pequeño una chispa especial cuando narraban las historias sagradas, y le preguntaba: «Juan, ¿quieres amar a Dios?». La respuesta no se hacía esperar: «Mamá, enséñeme usted cómo debo amarle con todas mis fuerzas». Creció aborreciendo las blasfemias y el pecado. Poco a poco se vislumbraba su amor por la oración. A esta edad fue manifiesta su inclinación por el espíritu franciscano. A los 14 años perdió a sus padres y se convirtió en punto de referencia para sus hermanos. Todos siguieron ejercitando las prácticas que ellos les enseñaron. Juan, en particular, aprovechaba la noche para rezar y realizar penitencias que muchas veces solían durar hasta el alba.
En 1837 inició su formación con los benedictinos de Metten, Deggendorf. Pero se ve que lo suyo no era el estudio. En una visita que efectuó al santuario de Altötting tuvo la impresión de que María le invitaba a quedarse allí. Sin embargo, en 1841 se vinculó a la Orden Tercera de Penitencia (Orden franciscana seglar). Dios le puso otras cotas que no supo interpretar y las expuso a un confesor después de haber orado ante la Virgen de Altötting. El sacerdote le dijo: «Dios te quiere capuchino». Repartió sus cuantiosos bienes entre los pobres y la parroquia para ingresar en el convento de Laufen en 1851. Tenía 33 años. Allí tomo el nombre de Conrado.
Su noviciado estuvo plagado de pruebas y públicas humillaciones que, pese a ser de indudable dureza, aún le parecían nimias para lo que juzgaba merecía: «¿Qué pensabas? –se decía–, ¿creías que ibas a recibir caricias como los niños?». En esos días escribió esta nota: «Adquiriré la costumbre de estar siempre en la presencia de Dios. Observaré riguroso silencio en cuanto me sea posible. Así me preservaré de muchos defectos, para entretenerme mejor en coloquios con mi Dios». Tras la profesión fue destinado a la portería del convento de Santa Ana de Altötting, noticia que le llenó de alegría. Era un lugar donde la afluencia de peregrinos exigía la atención de una persona exquisita como él. En aquel pequeño reducto se santificó durante cuarenta y tres años, viviendo el recogimiento en medio de la algarabía creada por el constante ajetreo de los peregrinos. «Estoy siempre feliz y contento en Dios. Acojo con gratitud todo lo que viene del amado Padre celestial, bien sean penas o alegrías. Él conoce muy bien lo que es mejor para nosotros […]. Me esfuerzo en amarlo mucho. ¡Ah!, este es muy frecuentemente mi único desasosiego, que yo lo ame tan poco. Sí, quisiera ser precisamente un serafín de amor, quisiera invitar a todas las criaturas a que me ayuden a amar a mi Dios».
Un día advirtió una celdilla casi oculta debajo de la escalera. Tenía una pequeña ventana que daba a la Iglesia. Y su corazón palpitó de gozo: ¡desde allí podía ver el Sagrario! Era un lugar oscuro y reducido. A fuerza de insistencia consiguió que le dejaran habitarla y en esa morada siguió cultivando su amor a Cristo crucificado y a María. Ayudaba a la sacristía y en las primeras misas oficiadas en el santuario. Sus superiores le autorizaron a comulgar diariamente, algo excepcional en esa época. Nadie le oyó quejarse ni lamentarse. Trataba con auténtica caridad a todos, especialmente a las personas que intentaban incomodarle y socavar su admirable y heroica paciencia. Nunca perdió la mansedumbre. «La Cruz es mi libro, una mirada a ella me enseña cómo debo actuar en cada circunstancia». Fue un gran apóstol en la portería, el hombre del silencio evangélico: «Esforcémonos mucho en llevar una vida verdaderamente íntima y escondida en Dios, porque es algo muy hermoso detenerse con el buen Dios: si nosotros estamos verdaderamente recogidos, nada nos será obstáculo, incluso en medio de las ocupaciones que nuestra vocación conlleva; y amaremos mucho el silencio porque un alma que habla mucho no llegará jamás a una vida verdaderamente interior».
Logró convertir a personas de baja calaña, hombres y mujeres, que después se entregaron a Dios en la vida religiosa. En sus apuntes espirituales se lee: «Mi vida consiste en amar y padecer […]. El amor no conoce límites». Sintiéndose morir, tocó la puerta del padre guardián diciéndole: «Padre, ya no puedo más». Tres días más tarde, el 21 de abril de 1894, falleció. Pío XI lo beatificó el 15 de junio de 1930, y lo canonizó el 20 de mayo de 1934.
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A vueltas con el transhumanismo

Transhumanismo
Observatorio de Bioética – Universidad Católica de Valencia

La idea de «emancipación», que cancela toda confianza en lo establecido por la tradición, las costumbres y la propia naturaleza, apela a la subversión contra «lo dado». El epílogo de este impulso emancipador es, sin duda, el transhumanismo, cuyo objetivo radica en la superación de las limitaciones humanas «mediante el desarrollo de una tecnología que mejore las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual[i]».
Este objetivo, sin embargo, deviene distópico cuando el futuro que evoca empeora el presente que descarta, recayendo en una suerte de totalitarismo que privilegia a los emancipadores y margina a quienes, en atención a sus convicciones y al propio sentido común, se resisten a abandonar la comprensión teleológica de «lo natural»; cuando somete tiránicamente a sus imposiciones colectivas a quienes, por razones económicas, sociales o culturales, han avanzado menos en la senda del progreso tecnológico[ii].
Amparándose en las tesis ilustradas de los últimos siglos, la emancipación transhumanista se ha identificado con la idea de una libertad que se vertebra sobre los siguientes ejes: a) el abandono progresivo de la dependencia de «lo natural»; b) la racionalización de la vida orgánica en torno al conocimiento científico[iii]; y c) el mito de un progreso indefinido, cuyo timón debería transitar desde la imprecisa evolución y la impredecible providencia, hasta la fiable tecnología y la firme determinación de una voluntad humana que aspira a superar su vulnerabilidad.
Cabe preguntarse, sin embargo, si la radical emancipación del ser humano frente a su naturaleza constituye un verdadero progreso o representa, por el contrario, la regresión a nuestro primitivo estado de naturaleza. Un estado en el que la praxis se ordenaba al sometimiento de la naturaleza y al imperativo de la conservación.
Porque, en efecto, algunos progresos se explican por los cambios acaecidos en un ámbito que se define por la indicación de un fin, en relación con el cual dichos cambios se interpretan como mejoras. Se trata, por ejemplo, de los progresos que se producen en la construcción de un artefacto. Ciertamente, ninguna mejora se entendería como tal si el artefacto no llegara nunca a terminarse. Pero también hay progresos que no aspiran al logro de un estado final, sino que sirven a un fin último que existe previamente[iv]. Se trata de los progresos que acaecen en la vida de los seres personales, cuyo telos existe de antemano.
La cuestión de emancipación
No es baladí, por tanto, que nos preguntemos por el sujeto al que se refiere la emancipación transhumanista ¿quién es aquel que se emancipa? ¿Se trata de un sujeto de libertad abstracto, esto es, del colectivo que engloba a la totalidad de las personas? ¿O de un cogito puro, de un haz de sensaciones que aspira a emanciparse de todas las condiciones naturales no elegidas por él? ¿O, sencillamente, se trata de «alguien» que constituye un fin en sí mismo y cuyo despliegue en el espacio de su esencia no es independiente de sus condiciones naturales ni de las normas morales que se siguen del hecho de ser, amén de un ser natural, también una persona?[v] .
Si se tratara de un «sujeto de libertad abstracto», el emancipado sería eso a lo que llamamos: «La humanidad». Pero, como es fácil observar, ésta no es un grupo, ni una institución, ni sujeto alguno de un querer común al que se le puedan atribuir progresos o retrocesos, emancipación o servidumbre. Suele ocurrir, además, que en los progresos atribuidos a los sujetos colectivos aparece siempre un momento de relatividad, pues un grupo mejora siempre en comparación con otros grupos o incluso a su costa[vi]. La humanidad, en definitiva, se concreta en las personas particulares.
Si el sujeto emancipado fuera un «haz de sensaciones», esto es, un cogito puro, la emancipación consistiría en la liberación de las ataduras físicas que le engendran dolor. Y bien podría concretarse en el uso de las técnicas desarrolladas por las neurociencias y la nanorobótica, insertando sus recuerdos y experiencias en organismos artificiales inmunes al dolor (cyborgs); o en la manipulación de sus disposiciones biológicas mediante la ingeniería genética o el uso de drogas estimulantes y alucinógenas[vii], cuya administración debería confiarse a entidades externas al individuo, humanas o artificiales, al objeto de controlar la adicción y evitar la sobredosis. Esto, evidentemente, anularía el principio de autonomía que sustenta la propia idea de emancipación.
En cualquier caso, cuando lo natural se presenta como aquello de lo que hay que emanciparse, tiene sentido que sea «lo artificial» quien lleve a cabo la transformación de lo natural en artefactual. Y una emancipación conducente a la transformación del ser humano en biorrobot -o en un drogodependiente controlado por un algoritmo-  cancelaría todo vínculo con la esencia del hombre e implicaría el socavamiento de la ética de la especie humana, que tiene su fundamento –como sugiere Jürgen Habermas –en la autonomía moral del hombre y en su «no-dependencia» de decisiones unilaterales externas[viii]
Mito del progreso y transhumanismo
Como hemos señalado, la idea de progreso, referida al hombre, se corresponde con la maduración de un individuo que es ya, en sí mismo y por sí mismo, un fin dado de antemano. De «alguien» -y no «algo» que se mantiene substancialmente idéntico en sus movimientos accidentales. Resulta impropio, por tanto, equiparar la emancipación transhumanista con el progreso cuando, bajo la tutela de lo artefactual, aspira a dejar atrás al propio ser humano. No sólo porque el concepto «progreso», referido al ser humano, se convierte en una afirmación vacía cuando no son los hombres quienes progresan, sino porque los factores cuya mejora o retroceso contribuyen al despliegue de las potencialidades humanas, exceden al periclitar de su vulnerabilidad biológica y tienen que ver, en su lugar, con la conquista de la libertad y con el logro de su vida. La emancipación que propone el transhumanismo no es sino un instrumento de autoalienación, una peligrosa superstición que abre un abismo con el pensamiento universal que se ha caracterizado, desde los comienzos de su existencia, por el reconocimiento de la dignidad del hombre, de todos-y-cada-uno de los hombres.
Pero si el epílogo del impulso emancipador moderno es el transhumanismo –cuyas consecuencias radicales todavía están por venir- su prólogo hay que buscarlo en la llamada «perspectiva de género»[ix], cuya génesis resulta del largo proceso de «desteologización» de la naturaleza que, probablemente, se inició con la escolástica medieval y su exégesis del argumento tomista que interpretaba el hallazgo de estructuras finales en las cosas del mundo como una prueba racional de la existencia de Dios. El nominalismo, en efecto, abrió una nueva perspectiva en la comprensión de la naturaleza que, a la postre, resultaría determinante para la fundamentación del postfeminismo de género: si la flecha no alberga intención alguna es, sencillamente, porque la finalidad existe sólo en el obrar consciente, esto es: en el arquero. La flecha no muestra el rostro del arquero, sino sólo las leyes mecánicas de las que éste se sirve. Por analogía, tampoco la naturaleza muestra otra cosa que leyes mecánicas que rigen a unos seres naturales que actúan sin conocer su fin, esto es: que se comportan como máquinas[x]. Es así como, desde el siglo XVI, la naturaleza devino un reino sin trascendencia, exterioridad que no es por sí misma[xi]. Y también como, la consideración independiente de naturaleza y conciencia, tornó a ambas contradictorias e inconmensurables, haciendo impensable la idea de persona[xii].
La ciencia moderna sucumbió, también, al veredicto cartesiano que escinde el concepto de vida humana en cuerpo y conciencia, abriendo así la puerta que condujo a la destrucción del concepto de persona y de la idea de una teleología natural[xiii]. Esta escisión tuvo su primera formulación formal con John Locke[xiv], para quien la identidad de la conciencia no descansa en la identidad de su poseedor, sino que sucede al revés: la propia «persona» es conciencia de la identidad[xv]. También Hume, tras preguntarse por cuánto tiempo se mantiene idéntico a sí mismo un ente cualquiera, desdeñó la idea de una «identidad» personal[xvi]. Finalmente, Derek Parfit[xvii], sobre la base de dos supuestos imaginarios[xviii], concluyó que sólo existen los estados de conciencia y los recuerdos que de ellos quedan. Cada hombre sería nuevo al despertar a la conciencia tras el sueño y los recuerdos que guarda del pasado, sólo sería la «herencia» de un hombre anterior. De este modo, el concepto de «persona» se convirtió, utilizando la terminología nietzschiana, en una «metáfora gastada», en una moneda que ha perdido su troquelado. Bastaría con crear nuevos nombres, valores y verosimilitudes, para crear, a largo plazo, nuevas realidades[xix].
La teoría de género como antesala del transhumanismo
Ésta es, precisamente, la orientación que la perspectiva de género ha querido dar al radical epistemológico de su teoría «performativa»: el término queer. Sobre la base del deconstruccionismo post-estructuralista,  queer expresaría que la configuración de la identidad sexual se abandona a la continua y libre determinación del individuo en el transcurso de su vida[xx]. La clasificación de los individuos en categorías universales como “hombre” o “mujer”, “heterosexual” y “homosexual”, ocultaría muchas variaciones culturales, ninguna de las cuales es más “natural” que las otras. De hecho, lo natural no existiría. Y si lo hiciera, carecería de valor normativo. De este modo, la perspectiva de género ha convertido las categorías de sexo y género en irrelevantes para la determinación de una identidad sexual susceptible de ser deconstruida y reconstruida permanentemente. La perspectiva de género, en definitiva, se erige como un nuevo paradigma antropológico que postula la emancipación del “yo” frente a toda determinación natural, biológica o cultural.
La implementación de esta perspectiva en el ámbito educativo, a instancias de las autoridades políticas regionales, nacionales y transnacionales, tiene el potencial de configurar la conciencia moral de las generaciones venideras, abriéndolas a la aceptación acrítica de la distopía emancipadora transhumanista. De ahí que, desde el Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia y el Instituto de Ciencias de la Vida, alertemos sobre la urgencia de divulgar los saberes aportados por la Ciencia Médica, la Filosofía, la Teología y el propio Derecho Natural, al objeto de proteger a nuestros hijos frente a la imposición de una ideología que aboga por la desnaturalización de la especie humana. O lo que es lo mismo, al objeto de preservar la dignidad de aquel cuya belleza deja en sombra los tesoros de la tierra: el ser humano.
Enrique Burguete
Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir
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“No son suficientes las obras de caridad” – Homilía del Papa

© Vatican Media
25 años de la muerte de Don Tonino Bello

(ZENIT – 20 abril 2018).- A los 25 años de la muerte de Mons. Tonino Bello, el Papa Francisco ha parafraseado al obispo italiano, en el Puerto de Molfetta, donde fue obispo sus últimos años: “No son suficientes las obras de caridad, si falta la caridad de las obras”.
Esta mañana, viernes, 20 de abril de 2018, a las 11:05 horas, el helicóptero con el Santo Padre Francisco a bordo, aterrizó en la plaza de Cala Sant’Andrea, junto a la Catedral de Molfetta, procedente de Alessano (pueblo natal de Don Tonino), donde ha pronunciado un discurso.
A su llegada el Papa fue recibido por el obispo de Molfetta Ruvo-Giovinazzo-Terlizzi, S.E. Mons. Domenico Cornacchia, y por el alcalde Tommaso Minerbini. El Santo Padre se desplazó en automóvil al puerto de Molfetta, donde saludó a los fieles pasando por los muelles; después se dirigió al palco preparado para la celebración eucarística.
A las 11:20 horas, en el puerto de Molfetta, el Santo Padre presidió la Santa Misa.
Al final de la celebración eucarística, después del saludo de S.E. Mons. Domenico Cornacchia, el Papa saludó a un grupo de fieles.
A las 13:40 horas, el Santo Padre se trasladó en helicóptero al Puerto de Molfetta para volver a Roma.
Sigue la homilía pronunciada por el Santo Padre durante la santa misa.
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Homilía del Papa Francisco
Las lecturas que hemos escuchado presentan dos elementos clave de la vida cristiana: el Pan y la Palabra.
El Pan. El pan es el alimento esencial para vivir y Jesús en el Evangelio se nos ofrece como Pan de vida, como si dijese: “Sin mí, no podéis vivir”. Y utiliza expresiones fuertes: “Comed mi carne y bebed mi sangre” (cfr Jn 6.53). ¿Qué significa? Que para nuestra vida es esencial establecer una relación vital, personal con Él. Carne y sangre. La Eucaristía es esto: no es un rito hermoso, sino la comunión más intima, más concreta, más asombrosa que se pueda imaginar con Dios: una comunión de amor tan real que asume la forma de la comida. La vida cristiana cada vez vuelve a comenzar desde aquí, de esta mesa donde Dios nos sacia de amor. Sin Él, Pan de vida, cada esfuerzo en la Iglesia es vano, como 

recordaba don Tonino Bello: Non bastano le opere di carità, se manca la carità delle opere. Se manca l’amore da cui partono le opere, se manca la sorgente, se manca il punto di partenza che è l’Eucaristia, ogni impegno pastorale risulta solo una girandola di cose» (No son suficientes las obras de caridad, si falta la caridad de las obras. Si falta el amor desde el que  comienzan las obras, si falta la fuente, si falta el punto de partida que es la Eucaristía, cada compromiso pastoral resulta solamente un remolino de cosas)[1].


Jesús en el Evangelio añade: “El que me coma vivirá por mi” (v. 57). Como diciendo: quien se alimenta de la Eucaristía, asimila la misma mentalidad del Señor. Él es Pan partido para nosotros y quien lo recibe se vuelve a su vez pan partido, que no fermenta con orgullo, sino  que se da a los demás: deja de vivir para sí mismo, para su propio éxito, para obtener algo o para ser alguien, sino que vive para Jesús y como Jesús, o sea por los demás. Vivir para es la marca de quien come este Pan, la “etiqueta” del cristiano. Vivir para. Se podría poner como aviso fuera de cada iglesia: “Después de la Misa ya no se vive para uno mismo, sino para los demás”. Sería bonito que en esta diócesis de don Tonino Bello hubiera este aviso, en la puerta de las iglesias, para que lo leyeran todos: “Después de la Misa ya no se vive para uno mismo, sino para los demás”. Don Tonino vivió así: ha sido entre vosotros un Obispo-siervo, un Pastor que se hizo pueblo que frente al Tabernáculo aprendía a hacerse comer por la gente. Soñaba con una Iglesia hambrienta de Jesús e intolerante a toda mundanidad, una Iglesia que “sa scorgere il corpo di Cisto nei tabernacoli scomodi della miseria, della sofferenza, della solitudine” (“sabe ver el cuerpo de Cristo en los tabernáculos incómodos de la miseria, del sufrimiento, de la soledad”)[2]. Porque, decía, «l’Eucarestia non sopporta la sedentarietà (“la Eucaristía no soporta el sedentarismo)” y si no nos levantamos de la mesa sería un “sacramento incompiuto” (“sacramento incompleto”)[3]. Nos podemos preguntar: En mí, ¿este Sacramento se realiza? Más concretamente: ¿Me gusta solo ser servido a la mesa por el Señor o me levanto para servir como el Señor? ¿Doy en la vida lo que recibo en misa? Y en cuanto Iglesia nos podríamos preguntar: Después de tantas comuniones, ¿nos hemos vuelto gente de comunión?
El Pan de vida, el Pan partido, de hecho, también es Pan de paz. Don Tonino decía que: «la pace non viene quando uno si prende solo il suo pane e va a mangiarselo per conto suo. […] La pace è qualche cosa di più: è convivialità». È «mangiare il pane insieme con gli altri, senza separarsi, mettersi a tavola tra persone diverse», dove «l’altro è un volto da scoprire, da contemplare, da accarezzare»  (La paz no llega cuando uno toma solo su pan y va a comérselo por su cuenta. […] La paz es algo más: es convivialidad”. Es “comer el pan junto a los demás, sin separarse, sentarse a la mesa entre personas diferentes”, donde “el otro es un rostro que descubrir, que contemplar, que acariciar”)[4]. Porque los conflictos y todas las guerras «trovano la loro radice nella dissolvenza dei volti» “hunden su raíz en la disolvencia  de los rostros”)[5]. Y nosotros, que compartimos este Pan de unidad y de paz, estamos llamados a amar cada rostro, a coser cada desgarro; a ser, siempre y en cualquier sitio, constructores de paz.
Junto con el Pan, la Palabra. El Evangelio recoge ásperas discusiones sobre las palabras de Jesús: “¿Cómo puede este darnos su carne de comer?” (v.52). Hay un tono de escepticismo en estas palabras. Muchas palabras nuestras se parecen a estas: ¿Cómo puede el Evangelio resolver los problemas del mundo? ¿Para qué hacer el bien en medio de tanto mal? Así caemos en el error de aquella gente, paralizada por el discutir sobre las palabras de Jesús, en vez de dispuesta a acoger el cambio de vida que Él pedía. No entendían que la Palabra de Jesús es para caminar en la vida, no para sentarse a hablar de lo que es y de  lo que no es. Don Tonino, precisamente en el tiempo de Pascua, manifestaba el deseo de recibir esta nueva vida, pasando por fin del dicho al hecho. Por esto exhortaba fervientemente a  los que no tenían el coraje de cambiar: gli specialisti della perplessità. I contabili pedanti dei pro e dei contro. I calcolatori guardinghi fino allo spasimo prima di muoversi” (los especialistas de la perplejidad. Los contables pedantes de los pro y de los contra. Los calculadores desconfiados hasta el límite antes de moverse”[6]. No se responde a Jesús según los cálculos y las conveniencias del momento, se le responde con el“sí” de toda la vida. Él no busca nuestras reflexiones, sino nuestra conversión. Apunta al corazón.

Es la misma Palabra de Dios la que lo sugiere. En la primera lectura, Jesús resucitado se dirige a Saulo y  no le propone sutiles razonamientos, sino que  le pide que ponga en juego la vida. Le dice “Levántate y entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer” (Hch 9,6). Ante todo “Levántate”. La primera cosa de evitar es quedarse en el suelo, padecer la vida, quedarse atenazados por el miedo. Cuantas veces Don Tonino repetía: “¡De pie!” porque «davanti al Risorto non è lecito stare se non in piedi», (frente al resucitado solo es lícito estar de pie). Volverse a levantar siempre, mirar hacia arriba, porque el apóstol de Jesús no puede contentarse con pequeñas satisfacciones.
El Señor después le dice a Saulo: “ Entra en la ciudad”. También a cada uno de nosotros nos dice “Sal, no te quedes cerrado en tus espacios seguros, ¡arriésgate!”. ¡“Arriésgate”!.La vida cristiana hay que invertirla por Jesús y gastarla por los demás. Después de haber encontrado al Resucitado no se puede esperar, no se puede aplazar; hay que ir, salir, no obstante todos los problemas y las incertidumbres. Fijémonos en Saulo, por ejemplo, que después de haber hablado con Jesús, aunque estaba ciego, se levanta y va a la ciudad. Fijémonos en Ananías que, aunque con miedo y titubeante, dice: “¡Aquí estoy, Señor!” (v.10) y enseguida va donde Saulo. Todos estamos llamados, en cualquier situación nos encontremos, a ser portadores de esperanza pascual, “cireneos de la alegría”, como decía don Tonino; servidores del mundo, pero como resucitados, no como empleados. Sin entristecernos nunca, sin resignarnos nunca. Es hermoso ser “mensajeros de esperanza”, distibuidores simples y alegres de la aleluyapascual.
Al final Jesús le dice a Saulo: “Se te dirá lo que debes hacer”. Saulo, hombre decidido y renombrado, calla y va, dócil a la Palabra de Jesús. Acepta obedecer, se vuelve paciente, entiende que su vida ya no depende de él. Aprende la humildad. Porque ser humilde no significa ser tímido o resignado, sino dócil a Dios y vacío de sí mismo. Entonces también las humillaciones, como la que sintió Saulo tirado en el suelo en el camino a Damasco, se vuelven providenciales, porque desnudan de la presunción y permiten a Dios levantarnos. Y la Palabra de Dios hace esto: libera, levanta, hace seguir adelante, humildes y valientes al mismo tiempo. No hace de nosotros protagonistas renombrados y campeones de nuestro propio talento, no, sino testigos auténticos de Jesús, muerto y resucitado, en el mundo.

Pan y Palabra. Queridos hermanos y hermanas, en cada Misa nos alimentamos del Pan de vida y de la Palabra que salva: ¡Vivamos lo que celebramos! Así, como don Tonino, seremos fuentes de esperanza, de alegría y de paz.
[1] «Configurati a Cristo capo e sacerdote», Cirenei della gioia, 2004, 54-55.
[2] «Sono credibili le nostre Eucarestie?», Articoli, corrispondenze, lettere, 2003, 236.
[3] «Servi nella Chiesa per il mondo», ivi, 103-104.
[4] «La non violenza in una società violenta», Scritti di pace, 1997, 66-67.
[5] «La pace come ricerca del volto», Omelie e scritti quaresimali, 1994, 317.
[6] «Lievito vecchio e pasta nuova», Vegliare nella notte, 1995, 91.
© Librería Editorial Vaticano
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Papa Francisco: “La paz se construye a partir de las casas, de las calles…”

© Vatican Media
Discurso del Papa en Alessano, pueblo natal de Don Tonino Bello

(ZENIT – 20 abril 2018).- La paz “se construye a partir de las casas, de las calles, de las tiendas, allí donde la comunión se plasma de forma artesanal” ha dicho el Papa Francisco, recordando la labor con los pobres y la promoción por la paz que llevó a cabo el obispo italiano Mons. Tonino Bello.
El Santo Padre ha pronunciado un discurso en Alessano, en la diócesis de Ugento-Santa Maria di Leuca, con motivo del 25º aniversario de la muerte de Don Tonino Bello, esta mañana del viernes, 20 de abril de 2018.
El Pontífice ha hablado a los fieles en el pueblo natal del obispo italiano, tras haber rezado ante su tumba y saludado a Mons. Vito Angiuli, obispo de Ugento-Santa Maria di Leuca.
RD
A continuación, ofrecemos el discurso del Santo Padre Francisco.
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Discurso del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas:
He venido como peregrino a esta tierra donde nació el Siervo de Dios Tonino Bello. Acabo de rezar en su tumba, que no asciende monumentalmente hacia arriba, sino que  está plantada en la tierra: Don Tonino, sembrado en su tierra, como una semilla sembrada en su tierra, parece querer decirnos cuánto amaba este territorio.. Me gustaría reflexionar sobre ello evocando, ante todo,  algunas palabras suyas de gratitud: “«Grazie, terra mia, piccola e povera, che mi hai fatto nascere povero come te ma che, proprio per questo, mi hai dato la ricchezza incomparabile di capire i poveri e di potermi oggi disporre a servirli»[1] (Gracias, tierra mía, pequeña y pobre, que me has hecho nacer  tan pobre como tú, pero por eso me has dado la riqueza incomparable de entender a los pobres y de poder hoy disponerme para servirlos”.
Entender a los pobres era para él una verdadera riqueza, era entender también a su mamá, entender a los pobres era su riqueza.  Tenía razón, porque los pobres son realmente la riqueza de la Iglesia. Recuérdanoslo de nuevo, Don Tonino, frente a la tentación recurrente de ponernos en fila detrás de los poderosos del momento, de buscar privilegios, de apoltronarnos  en una vida cómoda. El Evangelio –  él solía recordarlo en Navidad y en Pascua- llama a una vida a menudo incómoda, porque los que siguen a Jesús aman a los pobres y a los humildes. Así lo hizo el Maestro, así lo proclamó su Madre, alabando a Dios porque “derribó a los poderosos  de sus tronos, exaltó a los humildes” (Lc 1, 52). Una Iglesia que se preocupa por los pobres permanece siempre sintonizada con el canal de Dios, nunca pierde la frecuencia del Evangelio y siente que debe regresar a lo esencial para profesar con coherencia que el Señor es el único bien verdadero.
Don Tonino nos recuerda que no debemos teorizar acerca de la cercanía a los pobres, sino estar cerca de ellos, como  hizo Jesús, que por nosotros, de rico que era, se hizo pobre (2 Cor 8,9). Don Tonino sentía la necesidad de imitarlo, involucrándose en  primera persona, hasta despojarse de sí mismo. No le molestaban las peticiones, le hería la indiferencia. No le tenía miedo a la falta de dinero, pero le preocupaba la incertidumbre del trabajo, un problema, todavía hoy, tan actual. No perdía oportunidad para decir que en primer lugar está el trabajador con su dignidad, no el beneficio con su avaricia. No estaba de brazos cruzados: actuaba en ámbito local para sembrar la paz en ámbito mundial, convencido de que la mejor manera de prevenir la violencia y todo tipo de guerras es cuidar a los necesitados y promover la justicia. En efecto, si la guerra genera pobreza, también la pobreza genera guerra [2]. La paz, por lo tanto, se construye a partir de las casas, de las calles, de las tiendas, allí donde la comunión se plasma de forma artesanal. Don Tonino decía, con optimismo: «Dall’officina, come un giorno dalla bottega di Nazareth, uscirà il verbo di pace che instraderà l’umanità, assetata di giustizia, per nuovi destini» (Desde la fábrica, como un día desde el taller de Nazaret, saldrá la palabra de paz que encaminará a la humanidad, sedienta de justicia, por nuevos destinos) [3]
Queridos hermanos y hermanas, esta vocación de paz pertenece a vuestra tierra, a esta maravillosa tierra de frontera, -finis-terrae, que Don Tonino llamaba “tierra-ventana”, porque desde el sur de Italia se abre a los muchos sur del mundo, donde “i più poveri sono sempre più numerosi mentre i ricchi diventano sempre più ricchi e sempre di meno” (Los más pobres son cada vez más numerosos, mientras los ricos son cada vez más ricos y siempre menos) [4]. Sois  una «finestra aperta, da cui osservare tutte le povertà che incombono sulla storia» (una ventana abierta, desde la que se puede observar toda la pobreza que se cierne sobre la historia), [5] pero sobre todo sois una ventana de esperanza para que el Mediterráneo, cuenca histórica de civilización, no sea nunca  un arco de guerra tendido, sino un arca acogedora de paz [6].
Don Tonino es un hombre de su tierra, porque su sacerdocio maduró en esta tierra. Aquí brotó su vocación a la que le gustaba llamar evocación: evocación de la manera en que Dios elige perdidamente, una a una, nuestras frágiles vidas; eco de su voz de amor que nos habla cada día; llamada a seguir siempre adelante, a soñar con audacia, a descentralizar la propia existencia para ponerla al servicio; invitación a fiarse siempre de Dios, el único capaz de transformar la vida en una fiesta. Esta es, pues, la vocación según Don Tonino: una llamada a convertirse no solo en fieles devotos, sino en verdaderos y propios enamorados del Señor, con el ardor del sueño, el impulso del don, la audacia de no detenerse a medias. Porque cuando el Señor inflama el corazón, la esperanza no se puede extinguir. Cuando el Señor pide un “sí”, no podemos responder con un “tal vez”. Hará bien, no solo a los jóvenes, sino a todos nosotros, a todos aquellos que buscan el sentido de la vida, escuchar y volver a escuchar las palabras de Don Tonino.
En esta tierra, Antonio nació Tonino y se convirtió en don Tonino. Este nombre simple y familiar, que leemos en su tumba, todavía nos habla. Habla de su deseo de hacerse pequeño para estar cerca, de acortar distancias, de ofrecer una mano tendida. Invita a la apertura simple y genuina del Evangelio. Don Tonino lo recomendaba mucho, dejándolo en herencia a sus sacerdotes. Decía: “Amiamo il mondo. Vogliamogli bene. Prendiamolo sotto braccio. Usiamogli misericordia. Non opponiamogli sempre di fronte i rigori della legge se non li abbiamo temperati prima con dosi di tenerezza”.(Amemos el mundo. Querámoslo. Tomémoslo bajo el brazo. Usémosle misericordia. No le contrapongamos siempre  los rigores de la ley si no los hemos atemperado antes con dosis de ternura)[7]. Son palabras que revelan el deseo de una Iglesia para el mundo: no mundana, sino para el mundo.  ¡Qué el Señor nos conceda esta gracia: una gracia no mundana, al servicio del mundo!.Una Iglesia mondada de auto-referencias  y «estroversa, protesa, non avviluppata dentro di sé» (extrovertida, tendida, no envuelta en sí misma)[8], no en espera de recibir, sino de prestar los primeros auxilios; nunca adormecida en la nostalgia del pasado, sino encendida de amor por el día de hoy, siguiendo el ejemplo de Dios, que “amó tanto al mundo” (Jn 3,16).
El nombre de “don Tonino” también nos habla de su saludable alergia a títulos y honores, de su deseo de privarse de algo por Jesús que se despojó de todo, de su coraje para liberarse de lo que puede recordar los signos del poder para dar espacio al poder de los signos.[9] Don Tonino, ciertamente, no lo hacía por conveniencia o para buscar consensos, sino  movido por el ejemplo del Señor. En el amor por  Él, encontramos la fuerza para despojarnos de las vestiduras que obstaculizan el paso para revestirnos de servicio, para ser «Chiesa del grembiule, unico paramento sacerdotale registrato dal Vangelo» (Iglesia del delantal,  única vestimenta sacerdotal recogida en el Evangelio”[10].
De esta amada tierra suya, ¿qué podría decirnos todavía don Tonino? Este creyente con los pies en el suelo y los ojos en el cielo, y sobre todo con un corazón que conectaba el cielo y la tierra, acuñó, entre muchas otras, una palabra original, con la que pasa a cada uno de nosotros una gran misión. Le gustaba decir que los cristianos «dobbiamo essere dei contempl-attivi, con due t, cioè della gente che parte dalla contemplazione e poi lascia sfociare il suo dinamismo, il suo impegno nell’azione»(debemos ser contempl-activos, con una c, es decir, personas que parten de la contemplación y luego dejan que su dinamismo, su compromiso desemboquen en la acción”)[11], gente que nunca separa oración y acción. Querido don Tonino, nos pusiste en guardia para que no nos sumergiéramos en el torbellino de las tareas sin plantarnos frente al tabernáculo, para no engañarnos con trabajar en vano por el Reino[12]. Y nosotros podríamos preguntarnos si comenzamos desde el tabernáculo o desde nosotros mismos. También podrías preguntarnos si, una vez que partimos, caminamos; si, como María, mujer del camino, nos levantamos para alcanzar y servir al hombre, a cada hombre. Si nos lo preguntases, deberíamos sentirnos avergonzados por  nuestro inmovilismo y nuestras constantes justificaciones. Devuélvenos entonces a nuestra alta vocación; ayúdanos a ser cada vez más una Iglesia contemplactiva, enamorada de Dios y apasionada por el hombre.
Queridos hermanos y hermanas, en cada época el Señor pone en el camino de la Iglesia testigos que encarnan el buen anuncio de Pascua, profetas de la esperanza para el futuro de todos. Dios hizo surgir uno de vuestra tierra, como don y  profecía para nuestros tiempos. Y Dios desea que su don sea aceptado, que su profecía se cumpla. No nos contentemos con anotar buenos recuerdos, no nos dejemos atrapar por la nostalgia del pasado ni tampoco por las charlas ociosas del presente o por los temores del futuro. Imitemos a don Tonino, dejémonos llevar por su joven ardor cristiano, sintamos su invitación acuciante a vivir sin descuentos el Evangelio. Es una fuerte invitación para cada uno de nosotros y para nosotros como Iglesia. Nos ayudará verdaderamente a difundir hoy la fragante alegría del Evangelio.
Ahora, todos juntos, recemos a la Virgen y después os daré la bendición ¿de acuerdo?
(Ave María y bendición).

[1] «Grazie, Chiesa di Alessano», La terra dei miei sogni. Bagliori di luce dagli scritti ugentini, 2014, 477.
[2] San Juan Pablo II “Si quieres la paz, sal al encuentro del pobre”, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1° enero 1993
[3] La terra dei miei sogni, 32.
[4] «Il pentalogo della speranza», Scritti vari, interviste aggiunte, 2007, 252.
[5] «La speranza a caro prezzo», Scritti di pace, 1997, 348.
[6] Cfr «La profezia oltre la mafia», ivi, 280.
[7] “Torchio e spirito. Omelia per la Messa crismale 1993», Omelie e scritti quaresimali, 2015, 97.
[8] «Sacerdoti per il mondo», Cirenei della gioia, 2004, 26
[9] «Dai poveri verso tutti», ivi, 122 ss.
[10] «Configurati a Cristo capo e sacerdote», ivi, 61.
[11] Idem, 55.
[12] Cfr «Contempl-attivi nella ferialità quotidiana», Non c’è fedeltà senza rischio, 2000, 124; «Soffrire le cose di Dio e soffrire le cose dell’uomo», Cirenei della gioia, 81-82.
© Librería Editorial Vaticano
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Visita a Alessano: Francisco reza en la tumba de Don Tonino Bello

Francisco Reza En La Tumba De Don Tonino © Vatican Media
Alessano es la ciudad donde nació el obispo Tonino

(ZENIT – 20 abril 2018).- El Papa Francisco visitó esta mañana la tumba del obispo italiano Mons. Tonino Bello, un hombre recordado por ayudar a los pobres y marginados, y por promover la paz.
Alessano es la ciudad donde nació el obispo Tonino y luego fue enterrado. Allí, el Papa oró en la tumba del pastor, amado también por estar entre la gente y sin pretensiones. En 2007, se abrió la causa de beatificación de Don Tonino, fallecido siendo obispo de la diócesis de Molfetta-Ruvo-Giovinazzo-Terlizzi.

Esta mañana, a las 7:35 horas el Santo Padre Francisco ha salido desde el aeropuerto romano de Ciampino con destino a  Alessano (Lecce), en la diócesis de Ugento-Santa Maria di Leuca, y a Molfetta (Bari) en la diócesis de Molfetta-Ruvo-Giovinazzo-Terlizzi, en el 25º aniversario de la muerte de S.E. Mons. Tonino Bello.
El avión del Papa aterrizó en el aeropuerto militar “Fortunato Cesari” de Galatina, desde donde el Santo Padre se trasladó inmediatamente en helicóptero a Alessano.
A su llegada al aparcamiento adyacente al cementerio de Alessano, el Papa fue recibido por Mons. Vito Angiuli, obispo de Ugento-Santa Maria di Leuca, y por la alcaldesa de Alessano, Francesca Torsello.
El Santo Padre se detuvo ante la tumba de Mons. Tonino Bello donde rezó y sucesivamente saludó a algunos  miembros de la familia del Siervo de Dios.
A continuación, el Papa se dirigió a explanada frente al cementerio para encontrarse con los fieles.

Después del saludo de Mons. Vito Angiuli, el Santo Padre pronunció un discurso, acabado el cual saludó a una representación de los fieles.
A las 10:15 horas, el helicóptero con el Santo Padre a bordo despegó hacia Molfetta, donde ha celebrado la Eucaristía en conmemoración del aniversario del fallecimiento de Don Tonino.
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El Hospital Bambino Gesú está listo para recibir a Alfie Evans y costear su traslado y cuidado

20 abril 2018


La doctora Mariella Enoc, del Bambino Gesú,
con el Papa
La doctora Mariella Enoc, presidenta del Hospital Pediátrico Bambino Gesú(www.ospedalebambinogesu.it), ligado al Vaticano, ha declarado que el centro está dispuesto y preparado para recibir al pequeño Alfie Evans y que todos los costes de transporte desde Inglaterra y su tratamiento los cubrirá el hospital. 

La doctora Enoc considera que la condición de salud del pequeño no es curable, pero que el hospital le tratará y cuidará en lo posible, empezando por la hidratación y nutrición y quizá una traqueotomía que le ayude a respirar, como pedían sus padres. Además, su enfermedad exacta no está aún diagnostica e identificada, y el Hospital podría dedicarse a ello. 

Mariella Enoc en el Hospital Infantil Bambino Gesú

La doctora Enoc se reunió con Thomas Evans, el padre de Alfie, este miércoles y quedó impresionada, asegura, por su determinación de hacer todo lo posible por ayudar a su hijo. 

Desde julio en contacto con Liverpool
Mariella Enoc asegura que el hospital Bambino Gesú lleva desde julio en contacto con el hospital de Liverpool donde está el pequeño, ahora de 23 meses de edad, con una enfermedad degenerativa del cerebro extraña. La doctora dice que ha escrito una carta al Papa hablando bien del equipo médico del hospital Alder Hey de Liverpool. 

El Papa bendice a Thomas Evans, el padre de Alfie, que acudió al Vaticano a pedir asilo para su hijo el pasado miércoles

Pero el hospital inglés quiere quitar la hidratación y respiración al niño, lo que llevaría a su muerte. Según los padres, el hospital les presiona una y otra vez para acabar con la vida del pequeño y por eso piden llevárselo al Bambino Gesú. 

La Conferencia Episcopal Inglesa publicó una nota el miércoles, tras la visita de Thomas Evans al Papa en Roma, que reproducimos a continuación:

Declaración por el caso de Alfie Evans de la Conferencia de Obispos Católicos de Inglaterra y Gales
»Nuestro corazón está con los padres de Alfie Evans y nuestras oraciones están con él y con ellos al intentar hacer todo lo que pueden por cuidar a su hijo. 

»Declaramos nuestra convicción de que todos los que han tomado las decisiones dolorosas respecto al cuidado de Alvie Evans actúan con integridad y por el bien de Alfie tal como lo ven. 

»La profesionalidad y cuidado de los niños gravemente enfermos en el Hospital Alder Hey Hospital debe reconocerse y afirmarse. Sabemos que ciertas críticas públicas contra su trabajo están infundadas, ya que nuestra atención de capellanía a su personal, y ofrecida a la familia, se ha aportado de forma consistente. 

»Señalamos la oferta del Hospital Bambino Hesu de Roma de cuidar de Alfie Evans. Es menester del Hospital presentar a los Tribunales británicos, donde se toman las decisiones cruciales en conflictos de opinión, las razones médicas para hacer una excepción en este caso trágico. 

»Con el Santo Padre, rezamos para que con amor y realismo se haga todo para acompañar a Alfie y sus padres en su profundo sufrimiento.



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