Hay que tener en cuenta que esta vocación no nos la hemos dado a nosotros mismos, sino que viene de Dios
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| Veleta - © Pixabay |
Cuando se emplea la palabra “vocación” (llamada), ha sido frecuente
durante siglos pensar sólo en los candidatos para el seminario o para la
vida religiosa. El Concilio Vaticano II habló de “vocación cristiana” y
aún más: esa vocación cristiana es “vocación universal a la santidad”.
En un sentido más amplio todavía, el Concilio habló de “vocación
humana”, porque toda vida humana es una llamada a la plenitud de la
belleza, del bien y la verdad que se abren en Dios.
Pues bien, la promoción humana –el desarrollo humano integral– es
parte, y parte esencial, de la vocación cristiana; y más aún, de toda
existencia humana. Así se dice en la encíclica Caritas in veritate,
donde el término “vocación” aparece en 25 ocasiones:
“Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera
auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son
la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser
humano”. Esa vocación universal al amor y a la verdad es manifestada por
Jesucristo, que la libera de las limitaciones humanas y la hace
plenamente posible.
Vocación significa llamada. ¿Quién llama a participar en la promoción
y el desarrollo humanos? Llama Dios, que interviene en toda vida que
comienza. Nos llama a cada uno nuestro propio ser, hecho para el amor.
En palabras de Benedicto XVI, esta vocación a la promoción humana es
también una “llamada de hombres libres a hombres libres para asumir una
responsabilidad común”.
En la medida de su respuesta a esa llamada –explica la encíclica–,
“los hombres, destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos
de caridad, llamados a hacerse ellos mismos instrumentos de la gracia
para difundir la caridad de Dios y para tejer redes de caridad”.
Puesto que toda llamada espera una respuesta, ¿cuáles serían las
condiciones para responder a esta “vocación al desarrollo humano”? La
encíclica señala tres condiciones principales: la libertad, la verdad y
la caridad.
a) En primer lugar, la libertad. Toda vocación “es una llamada que
requiere una respuesta libre y responsable” ¿Y quién debe responder?
Tanto las personas –cada una–como los pueblos –los pueblos hambrientos
interpelan a los pueblos opulentos–. Dicho de otro modo, esta vocación
exige, a la vez, una respuesta personal y una respuesta de las
estructuras e instituciones sociales –del Estado y de otros agentes
sociales– y eclesiales.
b) En segundo lugar, la respuesta exige que se respete la verdad.
Ante todo, la verdad profunda del “ser” del hombre. Y por eso se trata
de “promover a todos los hombres y a todo el hombre”. A este propósito
el Evangelio es un elemento fundamental, porque enseña a conocer y
respetar el valor incondicional de la persona humana. Cristo revela el
hombre al propio hombre (cf GS 22), y, así, le muestra que su valor es
grande para Dios. Le muestra “el gran sí de Dios” a todos sus anhelos.
De aquí deduce el Papa que sólo respondiendo a esta vocación el hombre
puede ser feliz y realizarse plenamente: “Precisamente porque Dios
pronuncia el ‘sí’ más grande al hombre, el hombre no puede dejar de
abrirse a la vocación divina para realizar el propio desarrollo”. Así
que esta vocación al desarrollo abarca tanto el plano natural como el
sobrenatural. De hecho, cuando Dios se eclipsa en el horizonte del
hombre o de la sociedad, se comienza a disipar nuestra capacidad de
reconocer la finalidad y el bien a que estamos llamados.
c) Finalmente, “la visión del desarrollo como vocación comporta que
su centro sea la caridad”. Es muy de agradecer la clarividencia de la
encíclica en este tema, siguiendo las ideas de Pablo VI. Las causas del
subdesarrollo –se dice– no son principalmente materiales, sino que
radican, primero, “en la voluntad que con frecuencia se desentiende de
los deberes de la solidaridad”. Después, en el pensamiento, que no
siempre sabe orientar adecuadamente a la voluntad (por eso se requiere
configurar un “humanismo nuevo”). Y, sobre todo, la causa está en “la
falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos”.
Al llegar a este punto, se pregunta Benedicto XVI si acaso la
fraternidad la podrán lograr los hombres por sí mismos, favorecidos por
la actual tendencia a la globalización. Pero no. La fraternidad “nace de
una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y
que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna”.
Por tanto –concluye–, responder con generosidad a la vocación para el
desarrollo requiere hoy la urgencia de la caridad de Cristo.
Sólo esa urgencia de la caridad de Cristo permite responder a los
aspectos concretos y costosos de esa llamada. Así es la intervención en
la vida pública, cultural y política, cada cual según su condición.
“Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus
posibilidades de incidir en la pólis”. Otro aspecto es el cuidado y la
responsabilidad por la naturaleza; y, antes, el cuidado respetuoso de
cada persona en la familia, en la empresa, en la universidad, sabiéndose
servidores y no dueños. Responder a esta vocación requiere del trabajo y
la técnica que de él procede. En todo caso, Benedicto XVI proclama la
necesidad de formar “hombres rectos… que sientan fuertemente en su
conciencia la llamada al bien común”.
Hay que tener en cuenta que esta vocación no nos la hemos dado a
nosotros mismos, sino que viene de Dios. Por eso, antes que nada, y
continuamente, es preciso acoger a Dios en nuestra vida, dejarle entrar
libremente y seguirle con toda fidelidad y entusiasmo. Ha llegado la
hora –especialmente para los jóvenes y más aún para los universitarios–
del compromiso con Dios y los demás. Pues “sólo si pensamos que se nos
ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia
de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento
nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y
verdadero”.
in

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