Encuentro promovido por el Movimiento de los Focolares
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| El Papa en el Aula Pablo VI - CTV |
(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El Santo Padre ha recibido este
sábado en el Aula Pablo VI del Vaticano, a 1.100 participantes en el
encuentro “Economia de Comunión”, promovido por el Movimento de los
Focolari.
Sigue el discurso pronunciado por el Papa.
Queridos hermanos y hermanas:
Me alegra daros la bienvenida como representantes de un proyecto en
el que estoy desde hace tiempo realmente interesado. Saludo cordialmente
a cada uno de vosotros y agradezco, en particular las amables palabras
de vuestro coordinador, el profesor Luigino Bruni y también por los
testimonios que he escuchado.
Economía y comunión. Dos palabras que la cultura actual
mantiene separadas y, a menudo considera opuestas. Dos palabras que, en
cambio, vosotros habéis unido recogiendo la invitación que hace
veinticinco años os dirigió Chiara Lubich, en Brasil, cuando, ante el
escándalo de la desigualdad en la ciudad de San Pablo, pidió a los
empresarios que se convirtiesen en agentes de comunión. Invitándoos a
ser creativos, competentes, pero no sólo eso. Vosotros consideráis al
empresario como agente de comunión. Al injertar en la economía
la buena semilla de la comunión, habéis comenzado un cambio profundo
en la manera de ver y vivir la empresa. La empresa no solo puede no
destruir la comunión entre las personas, sino que puede construirla,
puede promoverla. Con vuestra vida demostráis que la economía y la
comunión son más hermosas cuando están una al lado de la otra. Más bella
la economía, por supuesto, pero aún más hermosa la comunión, porque la
comunión espiritual de los corazones es aún más plena más cuando se
convierte en comunión de los bienes, de los talento, de los beneficios.
Pensando en vuestro compromiso, me gustaría deciros hoy tres cosas.
La primera se refiere al dinero. Es muy importante que en el
corazón de la economía de comunión esté la comunión de vuestros útiles.
La economía de comunión es también comunión de los beneficios,
expresión de la comunión de la vida. A menudo he hablado del dinero como
un ídolo. La Biblia nos lo dice de diferentes maneras. No es casualidad
que la primera acción pública de Jesús, en el Evangelio de Juan, sea la
expulsión de los mercaderes del templo (cf. 2.13 a 21). No se puede
entender el nuevo Reino que trae Jesús si no nos liberamos de los
ídolos, de los cuales uno de los más poderosos es el dinero. ¿Cómo,
entonces, se puede ser un mercader que Jesús no expulsa? El dinero es
importante, sobre todo cuando no hay y de él depende la comida, la
escuela, el futuro de los hijos. Pero se convierte en ídolo cuando pasa a
ser el fin. La avaricia, que no por casualidad es un pecado capital, es
pecado de idolatría, porque la acumulación de dinero de por sí se
convierte en el fin de las propias acciones. Fue Jesús mismo el que dio
categoría de “señor” al dinero: “Ninguno puede servir a dos señores, a
dos patrones”. Son dos:Dios o el dinero, el anti-Dios, el ídolo. Fue lo
que dijo Jesús. Al mismo nivel de opción. Pensadlo.
Cuando el capitalismo hace de la búsqueda de beneficios su única
finalidad, corre el riesgo de convertirse en una estructura idólatra,
en una forma de culto. La diosa de la “fortuna” es cada vez más la nueva
deidad de una cierta finanza y de todo ese sistema del juego de azar
que está destruyendo a millones de familias en todo el mundo, y al que
vosotros os oponéis con razón. Este culto idólatra es un sustituto de la
vida eterna. Los productos (automóviles, teléfonos …) envejecen y se
consumen, pero si tengo el dinero o el crédito puedo comprar
inmediatamente otros, haciéndome la ilusión de superar la muerte.
Podemos entender, entonces, el valor ético y espiritual de vuestra elección de poner los beneficios en común.
El modo mejor y más concreto de no hacer un ídolo del dinero es
compartirlo con los demás, especialmente con los pobres, o para hacer
estudiar y trabajar a los jóvenes, venciendo la tentación idolátrica con
la comunión. Cuando repartís y compartís vuestros beneficios, lleváis a
cabo un acto de alta espiritualidad, diciendo con los hechos al dinero:
Tu no eres Dios, tu no eres señor, tu no eres patrón. Y no os
olvideis de esa alta filosofía y esa alta teología que hacia decir a
nuestras abuelas: “El diablo entra por los bolsillos”. No os olvidéis
de esto.
La segunda cosa que quiero decir atañe a la pobreza, un tema central en vuestro movimiento.
En la actualidad hay muchas iniciativas, públicas y privadas, para
combatir la pobreza. Y todo esto, por un lado, es un crecimiento de
humanidad. En la Biblia, los pobres, los huérfanos, las viudas, los
“descartes” de las sociedades de la época, se ayudaban con el diezmo y
espigando el grano. Pero la mayoría del pueblo seguía siendo pobre,
esas ayudas no eran suficientes para alimentar y curar a todos. Los
“descartes” de la sociedad seguían siendo muchos. Hoy hemos inventado
otras formas de cuidar , alimentar, educar a los pobres, y algunas de
las semillas de la Biblia han florecido en las instituciones más
eficaces que las antiguas. La razón de los impuestos estriba también en
esta solidaridad, que es negada por la evasión y el fraude fiscal, que,
antes de ser actos ilegales son actos que niegan la ley básica de la
vida: la ayuda mutua.
Pero – y esto nunca se repetirá lo suficiente – el capitalismo sigue produciendo los descartes
que luego quisiera curar. El principal problema ético de este
capitalismo es la generación de descartes para después tratar de
ocultarlos o de curarlos para que no se vean. Una grave prueba de la
pobreza de una civilización es la incapacidad de ver a sus pobres, que antes se descartan y luego se ocultan.
Los aviones contaminan la atmósfera, pero con una pequeña parte del
dinero del billete se plantarán árboles para compensar una parte del
daño causado. Las empresas del juego de azar financian campañas para el
tratamiento de los ludópatas que crean. Y el día en que las empresas de
armas financien hospitales para tratar a los niños mutilados por las
bombas, el sistema habrá alcanzado su punto culminante. Esta es la
hipocresía.
La economía de comunión, si quiere ser fiel a su carisma, no sólo
debe ocuparse de las víctimas, sino construir un sistema en el que las
víctimas sean cada vez menos, en el que, a ser posible ya no existan.
Hasta que la economía siga produciendo una sola víctima y haya una
persona descartada, no se habrá realizado la comunión, la fiesta de la
fraternidad universal no será plena.
Es necesario, pues, apuntar a cambiar las reglas del juego sistema
económico-social. No es suficiente imitar al buen samaritano del
Evangelio. Por supuesto, cuando un empresario o cualquier persona se
encuentra con una víctima, está llamado a cuidarla, y tal vez, como el
buen samaritano, también a asociar el mercado (el hospedero) a su acción
de fraternidad. Yo sé que vosotros intentáis hacerlo desde hace 25
años. Pero es necesario en primer lugar actuar antes de que el
hombre se tope con los bandidos, luchando contra las estructuras de
pecado que producen bandidos y víctimas. Un empresario que es sólo un
buen samaritano hace solamente la mitad de su deber: cura a las víctimas
de hoy, pero no reduce las de mañana. Para la comunión es necesario
imitar al Padre misericordioso de la parábola del hijo pródigo y esperar
a los hijos en casa, a los trabajadores y colaboradores que se han
equivocado, y allí abrazarlos y hacer fiesta -con ellos y para ellos – y
no dejarse bloquear la meritocracia invocada por el hijo mayor y por
tantos, que en nombre de los méritos niegan la misericordia. Un
empresario de comunión está llamado a hacer todo lo posible para que
incluso los que cometen errores y dejan su casa, puedan esperar en un
trabajo y unos ingresos decentes, y no encontrarse a comer con los
cerdos. Ningún hijo, ningún hombre, ni siquiera el más rebelde, se
merece las bellotas.
Por último, la tercera cosa se refiere al futuro. Estos 25 años de vuestra historia dicen que comunión y empresa pueden convivir y crecer
juntas. Una experiencia que por ahora se limita a un pequeño número de
empresas, muy pequeño en comparación con el gran capital del mundo. Pero
los cambios en el orden del espíritu y, por tanto, de la vida no están
relacionados con grandes números. El pequeño rebaño, la lámpara, una
moneda, un cordero, una perla, la sal, la levadura: estas son las
imágenes del Reino que nos encontramos en los Evangelios. Y los profetas
han anunciado la nueva era de la salvación indicando el signo de un
niño, Emmanuel, y hablándonos de un “resto” fiel, un pequeño grupo.
No hace falta ser muchos para cambiar nuestras vidas: es bastante que
la sal y la levadura no se desnaturalicen. El gran trabajo por hacer
es tratar de no perder el “principio activo” que los anima: la sal no
cumple su función creciendo en cantidad; de hecho, el exceso de sal vuelve a la masa salada, sino salvando su “alma”, es decir su calidad
. Todas las veces que las personas, las naciones, e incluso la Iglesia
han pensado en salvar al mundo creciendo en número, han producido
estructuras de poder, olvidándose de los pobres. Salvemos nuestra
economía, permaneciendo simplemente sal y levadura: un trabajo
difícil, porque todo caduca con el paso del tiempo. ¿Cómo no perder el
ingrediente activo, la “enzima” de comunión?
Cuando no había frigoríficos para conservar la levadura madre
del pan se daba a la vecina un poco de la propia masa fermentada, y
cuando había que amasar pan otra vez, se recibía un puñado de pasta
fermentada de esa mujer o de otra que lo había recibido a su vez. Es la
reciprocidad. La comunión no es sólo división sino también multiplicación
de los bienes, creación de un nuevo pan, de nuevos bienes, del nuevo
Bien con mayúscula. El principio vivo del Evangelio permanece activo
sólo cuando lo damos porque es amor, y el amor es activo cuando amamos,
no cuando escribimos romances o vemos telenovelas. Si en cambio lo
mantenemos celosamente todo y sólo para nosotros, enmohece y muere. El
evangelio puede enmohecer. La economía de comunión tendrá futuro si la
daréis a todos y no se quedará sólo en vuestra “casa”. Dádsela a todos,
y antes que a ninguno a los pobres y a los jóvenes, que son los que más
necesitan y saben cómo hacer fecundo el don recibido! Para tener vida
en abundancia, hay que aprender a dar no sólo los beneficios de las
empresas, sino a vosotros mismos. El primer regalo del empresario es
su propia persona: vuestro dinero, aunque importante, es demasiado
poco. El dinero no salva si no va acompañado por el don de la persona.
La economía de hoy, los pobres, los jóvenes necesitan en primer lugar de
vuestra alma, de vuestra fraternidad respetuosa y humilde, de vuestra
voluntad de vivir, y sólo después de vuestro dinero.
El capitalismo conoce la filantropía, no la comunión. Es fácil donar
una parte de los beneficios, sin abrazar y tocar a las personas que
reciben esas “migajas”. En cambio, incluso cinco panes y dos peces
pueden alimentar a la multitud si con ellos compartimos nuestras vidas.
En la lógica del Evangelio, si no se da todo, nunca se da bastante.
Todas estas cosas ya las hacéis. Pero podáis compartir más aún
los beneficios para luchar contra la idolatría, cambiar las estructuras
para prevenir la creación de víctimas y de descartes; dar más de vuestra
levadura para que suba el pan. El “no” a una economía que mata se
convierta en un “sí” a una economía que hace vivir, porque comparte,
incluye a los pobres, usa los beneficios para crear comunión.
Os deseo que sigáis vuestro camino, con coraje, humildad y alegría;
alegría: “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,7). Dios ama
vuestros beneficios y talentos dados con alegría. Ya lo hacéis; podéis
hacerlo todavía más.
Os deseo que sigáis siendo semilla, sal y levadura de otra economía:
la economía del Reino, donde los ricos saben compartir su riqueza, y
los pobres … y los pobres son llamados bienaventurados.Gracias.
in

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