«Sufrir y trabajar por la Iglesia fue lo que hizo este arzobispo de
Zagreb. Sostuvo la diócesis sitiada por el gobierno, atendiendo a los
perseguidos por la fe, hasta que fue martirizado con feroz refinamiento»
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| Alojzie Stepinac, arzobispo de Zagreb, fue ordenado cardenal mientras estaba preso por el régimen de Tito. Su tumba está en la catedral de Zagreb (Wiki commons) |
(ZENIT – Madrid).- Indudablemente hay una diferencia abismal entre
quienes tienden a buscar briznas de flaqueza en la Iglesia –aún
considerándose integrantes de la misma– y se complacen en airearlas, y
aquellos que la llevan anclada en su corazón. Éstos últimos no se
reconocen por su afilada lengua sino por su admirable quehacer que
persigue restituir con amor el desamor que otros extienden sobre el
legado de Cristo. Luís Stepinac forma parte de la pléyade de heraldos de
la fe que no escatimaron esfuerzos para sostener la Iglesia con una
conducta heroica, saliendo al paso de quienes buscaban su imposible
derrota con los brazos abiertos y una firmeza irrevocable que tuvo la
última manifestación en su ofrenda martirial. Así encarnó el aserto
evangélico: «No hay mayor amor que el que da la vida por un amigo» (Jn
15, 13).
Nació y creció en el seno de una familia profundamente cristiana de
la localidad cróata de Krasic, que había acogido con gozo su llegada a
este mundo el 8 de mayo de 1898. Heredó de su madre la devoción a la
Virgen María, aunque ello no impidió que aflorase alguna crisis interna,
como la que se hizo patente en su juventud, siendo militar, tras ser
liberado del cautiverio que le mantuvo recluído en Italia. Tiempo
después, aborreciendo su vida disipada y su inconstancia ante distintos
proyectos, incluido el fracaso de un acordado matrimonio, la
misericordia divina salió a su encuentro a través de un sacerdote amigo
que le envió un artículo sobre san Clemente María Hofbauer acompañado de
una extensa carta.
El ejemplo del santo redentorista tocó su corazón, y encaminó sus
pasos al sacerdocio ingresando en el seminario de Roma. Fue ordenado en
octubre de 1930 cuando tenía 32 años. Ya entonces se advirtió su amor
por la Iglesia y por el Santo Padre. Regresó a Croacia convertido en
doctor en filosofía y teología. Estaba dispuesto a todo por Cristo y
renunció a ser párroco rural, que es lo que le agradaba, aceptando las
misiones de encargado de la liturgia y notario de la curia del
arzobispado: «No sé si permaneceré aquí o no. No importa, pues todos los
caminos que están al servicio de Dios llevan al cielo».
En 1934 fue nombrado coadjutor del arzobispado. Tres años más tarde
sustituyó a monseñor Bauer como arzobispo de Zagreb, que había
fallecido. Su labor en pro de la dignidad humana, que defendió
vivamente, y la fidelidad a la Iglesia para la que reclamaba el
reconocimiento de sus derechos, unido a la fundación de un periódico
católico contrarrestando a la prensa antirreligiosa, le colocaron en el
punto de mira. Y tras la invasión de Yugoslavia fue acusado de colaborar
con el nazismo. Firme en su determinación a luchar por sus altos
ideales, se convirtió en el portavoz de todos los oprimidos y
perseguidos. Tuvo la valentía de denunciar los abusos cometidos por los
ustachis contra las minorías judía y serbia, amén de condenar toda clase
de racismo.
Tras la retirada de las tropas alemanas fue tildado de criminal de
guerra siendo encarcelado en 1945. Había ejercitado su caridad con los
refugiados, distribuyendo entre ellos vagones de alimentos, ocupándose
personalmente de los niños huérfanos, de los prisioneros y de los
fugitivos de las montañas. Salvó de la inanición y la muerte a 6.700
niños, que en su mayoría eran descendientes de ortodoxos. Toda una
hazaña en tiempos tan convulsos. El mariscal Tito fracasó en su intento
de que se escindiera de la autoridad de Roma creando una «Iglesia
Nacional» bajo la égida comunista. La resistencia de los obispos croatas
a su injusta encarcelación quebró la voluntad del gobernante que se vio
obligado a liberarlo, si bien la instauración de la brutal dictadura
trajo consigo el asesinato de centenares de sacerdotes así como el
encarcelamiento y desaparición de otros. El vehículo en el que viajaba
fue apedreado y, previendo una inminente encarcelación, dejó
instrucciones para administrar la Iglesia.
A mediados de diciembre de 1945 dirigió un mensaje al clero que
sintetiza su existencia: «Tengo la conciencia limpia y en paz ante Dios,
que es el más fidedigno de los testigos y el único juez de nuestros
actos, ante la Santa Sede, ante los católicos de este Estado y ante el
pueblo croata». Más tarde, añadiría: «Estoy dispuesto a morir en
cualquier momento». En septiembre de 1946 la milicia irrumpió en la
capilla donde oraba y le apresó de nuevo: «Si estáis sedientos de mi
sangre, aquí me tenéis», fueron sus palabras. Era el inicio de un
durísimo e injusto proceso que afrontó con entereza y una fortaleza
admirable. Su madre fue presionada brutalmente para influir en el beato,
pero ella le dijo valerosamente: «Yo, tu madre, te prohibo decir lo que te pidan. Piensa en tu alma y cállate, no digas una sola palabra». Ella misma moriría mártir en un campo de concentración.
Luis fue condenado a dieciséis años de prisión y trabajos forzados
«por crímenes contra el pueblo y el Estado». Sufrió toda clase de
humillaciones y atropellos que aceptó en silencio convirtiendo la celda
en un oratorio. En su diario escribió: «Todo sea para la mayor gloria de
Dios; también la cárcel». Estando recluído, a finales de noviembre de
1951 Pío XII lo nombró cardenal. El 5 de diciembre de ese año, cediendo a
las presiones internacionales, el gobierno yugoslavo consintió en
trasladarlo a Krasic bajo libertad vigilada. Un periodista le preguntó:
—«¿Cómo se encuentra?». Respondió: —«Tanto aquí como en Lepoglava, no
hago más que cumplir con mi deber». —«¿Y cuál es su deber?». —«Sufrir y
trabajar por la Iglesia». Murió el 10 de febrero de 1960 siendo fiel a
la Iglesia por la cual fue calumniado, condenado y martirizado
lentamente, con indescriptible alevosía, aplicándole rayos X cada noche
desde un espacio contiguo a la celda que ocupaba. Su lema fue: «Odiar la injusticia y amar la justicia». Juan Pablo II lo beatificó el 3 de octubre de 1998.
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