segunda-feira, 10 de abril de 2017

Después de 25 años de espera, ya han recibido a Jesucristo en el Matrimonio y en la Eucaristía

Antonio y Helena: "Hoy hay muchos divorciados y en la Iglesia hay sitio para ellos"
Desde que nos casamos no hemos dejado de comulgar ni un solo día
Guillermo Saroy / ReL  9 abril 2017

La historia de Antonio y Helena es más que la historia de una conversión. No solo es un encuentro con Cristo, sino un nuevo encuentro el uno con el otro gracias al sacramento del Matrimonio.

En 1989, después de un matrimonio breve en el que se dio cuenta de que “me había equivocado”, se Antonio se divorció. Por su horizonte no pasó nunca la idea de pedir la nulidad, porque “aunque siempre me he sentido católico, en la adolescencia me aparté de Dios y no le tenía en cuenta. Me había casado por la Iglesia por tradición familiar, porque era lo que todo el mundo esperaba, pero no me planteé la nulidad porque no tenía en cuenta para nada a la Iglesia”.

Al cabo de un año conoció a otra mujer, Helena. Al poco tiempo empezaron a salir, y al año siguiente se casaron por lo civil. Enseguida llegaron sus hijos, Helena y Antonio. Pero la Iglesia, la fe, Dios… no eran un asunto importante para ellos en ese momento. “No teníamos nada en contra, simplemente era algo que no contaba para nosotros”, dice Helena.

La situación cambió gracias a sus hijos. “Los dos nos planteamos que queríamos para ellos una educación religiosa”. Los llevaron a Schoenstatt y a San Luis de los Franceses, dos colegios religiosos de Madrid, y la situación cambió cuando llegó su preparación para la Primera Comunión. Ambos tenían la formación suficiente como para saber que su situación matrimonial les impedía comulgar. “Yo me di cuenta de que no podía cuando me confesé de cara a la Primera Comunión de mi hija, me lo confirmó el sacerdote”, cuenta Antonio. “Y yo acepté no comulgar por coherencia con mi formación católica, aunque me sentaba muy mal. No podía exigir poder comulgar en nuestra situación, y era muy consciente”, recuerda Helena.

Pasó la celebración y entonces empezaron a acompañar a sus hijos a Misa todos los domingos. “Pero yo lo pasaba fatal –reconoce Helena-, porque no podía acompañar a mis hijos al altar a comulgar. Me quedaba sentada en el banco, hecha polvo. Y cada vez lo pasaba peor, aunque al mismo tiempo necesitaba ir a Misa yo también. Hubo quien me dijo que no pasaba nada, que podía hacerlo, pero yo no era capaz, me resultaba imposible. Lo que sí hacía era rezar muchísimo”. Para Antonio, volver tantos años después a Misa, “me empezó a interesar, me empezó a gustar lo que decía el párroco, era un tema que poco a poco empezaba a atraerme”.

La vuelta de tuerca llegó con los primeros Retiros de Emaús que llegaron a España. A Helena la invitó una amiga en noviembre del año 2011, y se animó: “Eso cambió mi vida. Me quedé impactada. Me encontré de repente con Jesucristo resucitado. Tuve la necesidad de decidirme, de decir Sí o No. Lo vi claramente. Me encontré con la misericordia de Cristo totalmente. Aun sin poder comulgar, salí del retiro totalmente cambiada, convencida de que Dios me amaba, y le dije a Antonio que Dios nos quería en su vida”.

“Yo me apunté al siguiente Retiro de Emaús, pero tenía mis excusas para no ir –dice Antonio-. Sin embargo, una semana antes tuve un accidente con mi hija y pensé que no podía poner excusas. Fui, y yo también tuve un encuentro con Jesucristo brutal. En abril de 2012 me cambió la vida para siempre”.

Empezaron a rezar con más intensidad, y empezaron a ir a Misa de manera más habitual, aun sin poder comulgar todavía, “pero viviendo mucho la Eucaristía, siguiendo la liturgia, escuchando la Palabra, preparándonos con mucha fuerza para el momento de la Comunión espiritual, que también es algo muy bonito”, dice Antonio. “Gracias a la Comunión espiritual empecé a darme cuenta de verdad lo que era la Eucaristía, de mi necesidad de encontrarme con Cristo”, apostilla Helena.

“Podíamos haber comulgado mil veces, yendo a una iglesia donde no nos conocieran, pero decidimos aceptar a la Iglesia como es, y todos los sacerdotes nos trataron con muchísima misericordia y nos animaron a seguir por el camino de la Comunión espiritual, que para nosotros fue un don muy grande. Nunca nos hemos encontrado rechazo, sino que siempre nos han tratado con muchísimo cariño”, afirman.

Poco a poco se empezó a asentar todo lo que habían vivido en los retiros, y al cabo de unos meses Antonio se decidió a iniciar el proceso de nulidad de su matrimonio. “Nos dimos cuenta de que necesitábamos a Dios en nuestra relación, para los malos momentos y también para los buenos, para entregarnos totalmente el uno al otro”. Pasaron entonces tres años de trámites y de espera de la sentencia, “en los que nos sentimos muy muy acompañados por la Iglesia, especialmente por nuestros hermanos de Emaús, con detalles de mucho cariño y de mucha misericordia. Recuerdo que en una Eucaristía fui a recibir la bendición del sacerdote y al acercarme ¡me dio un beso!”, recuerda Helena, que señala que “hoy hay muchos divorciados y no se deben sentir discriminados, en la Iglesia hay sitio para ellos, y el Señor te va a dar lo necesario para llegar a Él, con la oración, con la exposición del Santísimo, con el acompañamiento de la Iglesia…”

Al final, después de tanto esperar, la sentencia de nulidad llegó justo el día de cumpleaños de Antonio, “fue el mejor regalo”, y enseguida se pusieron a preparar la boda, que tuvo lugar el pasado 25 de febrero, y allí pudieron recibir los dos sacramentos, las dos presencias de Jesucristo que llevaban años anhelando: el Matrimonio y la Eucaristía.

Atrás quedaron los días en que se quedaban sentados en el banco a la hora de acercarse a comulgar, y desde que se han casado “no he dejado de comulgar ni un solo día”, dice Helena, con la Eucaristía muy frecuente en el caso de Antonio. “No podemos dejar de comulgar”, afirman hoy llenos de alegría. “Es un don, un regalo,ser fiel a Dios conlleva una alegría enorme".

Además, después de 25 años de relación, saben bien lo que es tener una unión en la que está Cristo presente. Dice Antonio que “antes teníamos una relación normal, pero a partir de nuestra conversión, Dios entra a formar parte de tu familia, y se llena de más amor todavía. Entras con más profundidad en los problemas y no tiras la toalla, te prepara a llevar las cruces de cada día, te da esperanza en los momentos malos. Y sobre todo te hace tener más claro que tu vida está en entregarte al otro, a dejar de lado tu egoísmo y tu soberbia, y Cristo te da una fuerza de vida que antes no tenías”.

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