terça-feira, 13 de dezembro de 2016

Fue arrestada por la KGB, enviada al gulag y recibió mucha radioactividad: Juan Pablo II la curó

Nijolé Sadunaité rezaba siempre por sus captores y les decía que daría su vida por ellos

Nijolé dijo a sus captores de la KGB que no dudaría en dar su vida por ellos

ReL  11 diciembre 2016

Perdonar al enemigo e incluso poder llegar a amarle es una de las máximas del Evangelio. Y la historia del cristianismo está llena de personas que pudieron conseguirlo a pesar de los grandes sufrimientos que les habían hecho pasar. Este es el caso también de Nijolé Sadunaité, una lituana que estuvo encerrada en un campo de concentración soviético, otros tres deportada en Siberia y que quedó gravemente enferma porque su celda estaba junto a material radioactivo.

Aún así perdonó y Dios quiso que uno de sus grandes santos, Juan Pablo II, la curara la enfermedad. El testimonio lo recoge Aleteia a través del libro que cuenta su historia Il cielo nel lager. Nijolė Sadūnaitė (aún no publicado en español):

Nació en Dotnuva, Lituania septentrional, el 22 de julio de 1938. Desde pequeña tiene un carácter fuerte y exuberante, ama y practica el deporte. Sus padres tienen una fe viva “encarnada en virtudes como la lealtad, el valor, la alegría, la pasión por el trabajo y la gratuidad hacia los pobres”. Le transmiten la fe – rezan cada noche de rodillas todos juntos – que es muy difícil de vivir abiertamente durante la ocupación soviética, pero no para Nijolė, que va a la iglesia y no deja de santiguarse en lugares públicos.

Arresto y cárcel
El 27 de agosto de 1974 fue arrestada por el KGB en su casa: la descubrieron mientras mecanografiaba el n. 11 de la revista clandestina “Crónica de la Iglesia católica en Lituania”, periódico que desde unos años estaba dando voz al movimiento popular por la libertad de conciencia y religiosa.

En la foto de la ficha policial de la KGB se observa el rostro serenos de Nijolé, que no tenía miedo a sus captores
Registraron su apartamento, y luego siguió el interrogatorio en la sede del KGB para hacerle revelar los nombres de otros colaboradores de la revista. Ella no cede y la encierran durante 17 días en una celda de aislamiento. Pasa el tiempo rezando y cantando himnos, dando gracias a Dios por no haber implicado a otros en su arresto. Empieza a perder peso y el pelo, después de la independencia del país en 1990 descubriría que su celda estaba junto a una sala con material radiactivo.

En la celda, más feliz que nunca
Después, Nijolė permaneció presa en la cárcel de Vilna durante diez meses, que recuerda de forma sorprendente como “los más bellos de mi vida, porque nunca había sentido a Dios tan cerca”.

Fue procesada ilegalmente y sin testigos el 16-17 de junio de 1975, renuncia a la asistencia de un abogado, y esta fue su autodefensa:

“Quiero comenzar diciendo que os amo a todos como a mis hermanos y hermanas, y que si fuera el caso, no dudaría en dar la vida por cada uno de vosotros (…) Este es el día más feliz de mi vida. Yo soy juzgada por la Crónica de la Iglesia católica en Lituania, que lucha contra la tiranía física y espiritual sobre los hombres. ¡Esto significa que hoy soy procesada a causa de la verdad y del amor a los hombres!

Su “delito” le valió seis años de condena, tres de ellos en Siberia, en durísimas condiciones físicas.

Juan Pablo II conocía su historia y quiso imponerle las manos.
El milagro de Juan Pablo II
Nijolė Sadūnaitė sufrió varios trastornos a causa de esas radiaciones, entre ellos una gravísima anemia. Pero, el 19 y 20 agosto 1989 en Santiago de Compostela, durante la Jornada Mundial de la Juventud, el Santo Padre Juan Pablo II– que, conociendo la historia de la mujer, quiso recibirla – le impone las manos y la cura: los siguientes análisis muestran una sangre totalmente regenerada, como si se los hubieran hecho a otra persona”.

Nijolė vive aún, y como relata Paola Ida Orlandi, una de las autoras de este libro sobre su experiencia, lo que más impresiona es su mirada “libre de odio”, libre de la obsesión por el pasado y lleno de gratitud:

“Una mirada tan abierta y profunda hace surgir la belleza en la realidad más dura: en el enemigo sabe ver a un hermano, y en el campo de concentración, un lugar de amistad”.


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