«Patriarca de Venecia, modélico Pastor de la Iglesia que dio un
constante ejemplo de piedad y de caridad. Aunque pertenecía a la
nobleza, no dudó en hacerse pobre con los pobres. Fue gran orador y
confesor»
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| San Lorenzo Giustiniani (Wiki commons cc Fto. Didier Descouens) |
(ZENIT – Madrid).- Juan XXIII, que fue patriarca de Venecia al igual
que Lorenzo, tomó a éste como ejemplo de buen gobierno y modelo para su
pontificado. Nació en Venecia, Italia, el 1 de julio de 1381 al inicio
del Renacimiento. Sus padres pertenecían a la nobleza. Bernardo, su
progenitor, falleció siendo Lorenzo un niño, y su madre se ocupó de la
educación de él y de sus hermanos. Muy bien lo hizo Querina, llenando el
acontecer de sus hijos con sumas muestras de piedad. En Lorenzo vio
plasmados signos preclaros de virtud que eran ya atisbos de la santidad a
la que tempranamente se sintió llamado. Con todo, la buena madre pensó
en casarlo convenientemente, aunque los planes de Lorenzo eran
diametralmente opuestos.
Alrededor de sus 20 años perseguía con celo todo lo que condujera a
la ciencia y al amor de Dios. Había sido María quien, en una aparición,
cuando aún no se habían disipado las glorias de este mundo con las que
Lorenzo soñó, le abordó con estas palabras: «¡Oh joven amable, ¿por qué
derramas tu corazón en tantas cosas inútiles? Lo que buscas tan
desatinadamente te lo prometo yo si quieres tomarme por esposa».
Pregúntola por su nombre y por su alcurnia, y ella me dijo que era la
sabiduría de Dios. Le di mi palabra sin vacilación alguna, y, después de
abrazarnos, desapareció». Gran penitente se caracterizaba por sus
severas mortificaciones efectuadas en un estado de oración continua, al
punto que su madre temía por su salud. Lorenzo se trasladó a san Giorgio
in Alga, donde un tío suyo era canónigo, y sus sabios consejos le
dieron luz para discernir entre la oferta del mundo y su renuncia al
mismo por amor a Dios. Afrontó valientemente la propuesta que le hizo su
pariente de sopesar ambas opciones: «¿Tengo el valor de despreciar
estos deleites para aceptar una vida de penitencia y mortificación?».
Mirando al crucifijo, no tuvo dudas: «Tú, ¡oh Señor! eres mi esperanza.
En Ti encontraré el árbol de la fortaleza y el consuelo». «Veo que los
mártires caminaron al cielo derramando la sangre y los confesores
macerando la carne; no encuentro más caminos».
En Alga tuvo la fortuna de hallar a otros jóvenes, pertenecientes
también a la nobleza, con los que compartió sus ideales y forma ejemplar
de vida. Uno de ellos sería el futuro pontífice Eugenio IV. En 1404
fundaron la Congregación de san Giorgio de canónigos seculares. El
joven, nacido en buena cuna, tomó el hatillo y se dispuso a recorrer de
punta a punta la ciudad, pidiendo limosna para los pobres, sin excluir
las puertas de su casa materna. No hubiera podido ser distinguido
fácilmente porque su atuendo era el de un pobre casi harapiento. Cuando
la persona que le acompañaba quería eludir los lugares principales para
pasar desapercibidos, Lorenzo le decía: «Caminemos valientemente. Nada
adelantamos con renunciar al mundo de palabra si no le despreciamos
también con los hechos. Llevemos el saco como una cruz, y triunfemos así
de nuestro enemigo».
Puso todo su esfuerzo en derrocar sus hábitos como el de la
autojustificación y disculpa cuando era reconvenido por algo que juzgaba
injusto; para ello se mordía los labios, hasta que venció su tendencia.
Sería modélico también por su humildad. Fue un gran predicador y
confesor. Entre otros favores, como el éxtasis, recibió el don de
lágrimas que no podía contener cuando oficiaba la Santa Misa. Sabedor de
sus virtudes, Gregorio XII le encomendó el priorato de san Agustín de
Vicenza a cuyo frente estuvo hasta 1409 fecha en la que fue elegido
prior de la Congregación que había fundado. En 1423 dio heroico
testimonio prestando auxilio y consuelo a los damnificados por la
epidemia de peste. Al año siguiente fue designado general de su Orden.
En 1443 fue nombrado arzobispo de Castello por el papa Eugenio IV y
continuó dando ejemplo de piedad y de caridad, asistiendo de forma
particular a los pobres, amén de emprender una fecunda reforma. En 1451
Nicolás V lo nombró patriarca de Venecia (a su pesar, porque hubiese
deseado no ejercer un cargo para el que no se sentía dotado) y en su
ejercicio pastoral prosiguió con la misma característica: austeridad de
vida sellada por la caridad, paciencia, sabiduría y celo apostólico. Ni
se arredró por las acusaciones y críticas que recibió, ni aceptó halagos
de ningún tipo. La gente en masa iba a escucharle, a pedirle consejo, y
él dispensaba a manos llenas bienes materiales (particularmente en
especies, para que no malgastaran el dinero), y espirituales.
Fueron años intensos de oración, trabajo y estudio. Escribió diversos
tratados de ascesis, el último «Los grados de perfección» cuando tenía
74 años. Al concluirlo le asaltó una grave enfermedad, y se negó a
admitir un trato especial: «¿Disponéis ese lecho de plumas para mí?»,
preguntó. Ante la obvia respuesta de sus seres cercanos, replicó: «¡No!
Eso no debe ser así … Mi Señor fue recostado sobre un madero duro y
basto. ¿No recordáis que san Martín, en sus últimos momentos, afirmó que
un cristiano debe morir envuelto en telas burdas y sobre un lecho de
cenizas?». Y tendido sobre un jergón de paja, bendijo a la multitud que
se acercó a visitarle. Falleció el 8 de enero de 1456. Fue canonizado
por Alejandro VIII el 16 de octubre de 1690.
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