«La vida de esta cofundadora de las Canonesas Regulares de Nuestra
Señora constituye un ejemplo de fidelidad a la llamada de Dios. Pone de
manifiesto cómo es la respuesta de un santo ante la incomprensión y la
dificultad»
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| Beata María Teresa de Jesús Le Clerc |
(ZENIT – Madrid).- Esta cofundadora, junto a san Pedro Fourier, de la
Congregación de Canonesas Regulares de Nuestra Señora para la educación
de las jóvenes, vino al mundo el 2 de febrero de 1576 en Remiremont,
Francia, ducado de Lorena. Era una joven tan inteligente y atractiva
como espiritual. Le agradaba la música y la danza, lo cual atraía muchos
admiradores a los que ella no desairaba. Ese mundo cuajado de vanidades
no germinó en su corazón. Al contrario; compartió el sentimiento que,
al menos en su intimidad, pervive en muchos jóvenes: la soledad, el
vacío y el sinsentido de lo estrictamente mundano. «En medio de todo
esto, mi corazón estaba triste», confesó más tarde. Y lo que en un
primer momento le agradó, terminó por hastiarla. A los 19 años tuvo un
visión. Se hallaba en una iglesia, cerca del altar. Junto a ella se
encontraba la Virgen vestida con un hábito que no se asemejaba a los
conocidos, diciéndole: «Ven, hija mía, que yo misma voy a darte la
bienvenida».
No tardaría mucho en establecerse en Hymont con su familia. Y un día
coincidió por vez primera con san Pedro Fourier, que era vicario
parroquial de la cercana localidad de Mattaincourt. Entretanto, los
signos extraordinarios la seguían, de modo que en otra ocasión, mientras
estaba en misa en la parroquia de Mattaincourt, escuchó un ruido de
tambor acompañado de otra visión cuyo protagonista era el demonio que
inducía a bailar a los jóvenes «ebrios de alegría». Impresionada,
resolvió no mezclarse nunca más con esas compañías. Modificó
drásticamente su atuendo y conducta, recluyéndose casi por completo en
su hogar. Atento a su formación y progreso espiritual, san Pedro Fourier
fue dirigiéndola sabiamente.
El mayor anhelo de la beata era cumplir la voluntad divina y en ese
itinerario de búsqueda no hallaba respuesta para el sentimiento que
albergaba en su espíritu. Se sentía inclinada a una vocación para la que
no encontraba salida. Y dejándose guiar por un sueño en el que se le
hizo entender que no existía una forma de vida que colmara su anhelo,
por más que su padre y su director espiritual compartían la idea de que
debía ingresar en un convento, no juzgó oportuno aceptar sus
sugerencias, sino que optó por seguir esperando. La llamada a fundar una
Orden crecía en su interior y compartió este sentimiento con su santo
director. Pedro Fourier, aún sin ver clara esa salida, la animó. El
lugar en el que vivía no era precisamente el más adecuado para encontrar
jóvenes dispuestas a unirse a un ideal religioso. Pero no hay nada que
se resista a la fe, y la joven lo consiguió.
En la misa de Navidad de 1597, junto con otras tres compañeras, se
consagró a Dios. San Pedro Fourier constató lo cierto de ese clamor
interior que la beata había percibido durante tanto tiempo, pero no así
el pueblo que cargó contra ellas criticándolas de forma hiriente en el
fondo y forma de conducta, vestimenta incluida, además de reprobar los
gestos religiosos que apreciaban en ellas. El padre de María Teresa la
condujo entonces con unas canonesas seculares que vivían cerca de
Mattaincourt. Y amparada por una de las religiosas, ella y sus
compañeras fundaron la Congregación de Canonesas Regulares de Nuestra
Señora que seguiría la Regla de san Agustín, con la venia de san Pedro
Fourier. Con todo, surgieron nuevos contratiempos, y María Teresa a
instancias de su padre, que veía que no terminaba de consolidarse la
fundación, se vio obligada a partir a Verdún. Como el juicio de san
Pedro Fourier era que debía obediencia a su progenitor, se dispuso a
cumplirla. Sin embargo, su padre dio marcha atrás y quedó sin efecto su
orden. De todos modos, el santo no terminaba de ver clara la Obra, con
lo cual acogió de buen grado la oferta de un franciscano para que uniera
la nueva Congregación a las clarisas. Aquí el santo chocó frontalmente
con las religiosas, ya que la determinación unánime de todas, y de la
que dieron cuenta, fue: «Nos hemos reunido en comunidad para
consagrarnos a la educación de las niñas, de suerte que no podemos
apartamos de nuestra vocación y adoptar una forma de vida a la que Dios
no nos ha llamado».
San Pedro Fourier acabó claudicando y en 1601 se dispuso a fundar con
María Teresa otra casa en Mihiel a la que siguieron nuevas fundaciones.
Se dedicaron a la enseñanza de las niñas, especialmente de las pobres,
pero tuvieron que vencer otras reticencias. Las ursulinas también les
ofrecieron unirse a ellas, aunque esta idea no convenció al P. Pierre de
Bérulle, fundador del Oratorio de París. Con su autorizado juicio, la
comunidad que tenía al frente a María Teresa siguió adelante, y al final
fueron reconocidas por la Santa Sede en 1616. En los documentos solo
había mención para el convento de Nancy, que se hallaba bajo la
autoridad de otros eclesiásticos. Tan grave problema conllevó la
renuncia al cargo de superiora que ejercía la beata, y recayó en otra,
que san Pedro Fourier ensalzó públicamente considerándola alma mater de
la Obra. La realidad era distinta y, además, existía una clara
disparidad de juicios entre la beata y la nueva superiora. Pero María
Teresa acogió humildemente la soledad, sin resentirse íntimamente tras
una lucha de tantos años, y siguió dando pruebas de heroica virtud en un
momento de su vida caracterizado por «sequedad espiritual, tentaciones y
noche oscura del alma», entre otros sufrimientos. Padecía una
enfermedad incurable de la que falleció el 9 de enero de 1622, a los 45
años, después de intensa agonía. Se la considera cofundadora de la
Orden, aunque san Pedro Fourier siempre se lo negó «para mantenerla en
su lugar». Misteriosos designios de Dios. Pío XII la beatificó el 4 de
mayo de 1947.
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