«La samaritana de Silesia, cofundadora junto a su hermana Matilde
de la Congregación de religiosas de Santa Isabel; dedicó su vida a los
pobres y enfermos. Es considerada la figura más grande que ha dado
Silesia en el siglo XIX»
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| Placa en honor de Mary Merkert en Niza Wikimedia |
(ZENIT – Madrid).- Nació en Nysa (alta Silesia, Polonia,
antigua diócesis de Breslau) el 21 de septiembre de 1817. Sus padres, de
clase acomodada y católicos de pro, recibieron con gozo a la segunda de
sus hijas, a la que bautizaron en la parroquia de St. James. Pero María
Luisa no pudo disfrutar mucho tiempo de la presencia paterna, ya que
Carlos Antonio Merkert, hombre íntegro y comprometido, que había estado
vinculado a la Cofradía del Santo Sepulcro, falleció cuando ella tenía
alrededor de un año. Tuvo que ser su madre, María Bárbara, quien se
ocupó de infundir en sus hijas la fe y piedad sobre la que los dos
esposos edificaron su vida en común. Tanto María Luisa como su hermana
Matilde fueron extraordinariamente receptivas a las enseñanzas maternas,
y crecieron con un acentuado sentido de compasión por los desamparados.
Ambas experimentaron a la par una inclinación hacia la consagración
religiosa. Tras la muerte de su progenitor escasearon los medios
económicos, aunque María Bárbara hizo lo posible para que no quedaran
sin buena educación. María Luisa era inteligente y aprovechó las
enseñanzas que recibió en la escuela, un centro en el que se daba suma
importancia a la formación religiosa y moral.
Cuando su madre enfermó, María Luisa se ocupó de ella y este gesto
filial estimuló más si cabe su deseo de dedicarse por entero a servir a
los pobres, enfermos y necesitados, secundada por su hermana Matilde. En
esta decisión, que se materializó en septiembre de 1842, dos meses más
tarde de la muerte de María Bárbara, influyó su confesor el padre
Fischer, vicario de la iglesia de St. James. Dos jóvenes, Francisca
Werner y Clara Wolff, que era terciaria franciscana, se vincularon a las
dos hermanas, dedicándose a cuidar a los enfermos y a asistir a los
pobres en sus propios hogares. Pero ya inicialmente dieron a esta acción
caritativa un cariz religioso, alejándose de un mero acto de
voluntariado. Se confesaron y comulgaron culminando su compromiso con un
acto expreso de consagración al Sagrado Corazón de Jesús, que terminó
con la bendición del padre Fischer. Era el nacimiento de la asociación
para asistencia a domicilio de pobres y enfermos abandonados, que
comprometía a todas a cumplir los objetivos marcados sin haber emitido
voto alguno. Eligieron a Francisca para presidirlas. Con auténtico
espíritu de fidelidad consumó María Luisa la promesa a la que libremente
se había abrazado. El sello de su generosa labor cotidiana, en la que
incluía la petición de limosna para ayudar a la gente, fue la oración y
su devoción a María y al Sagrado Corazón de Jesús.
En mayo de 1846 murió Matilde en Prudnik, a causa de una infección
que contrajo mientras asistía a personas aquejadas por tifus y malaria,
lo cual constituyó un duro varapalo para María Luisa. Entonces ella y
Clara Wolf, siguiendo la sugerencia del confesor Fischer, a finales de
1846 se vincularon a las Hermanas de la Misericordia de San Carlos
Borromeo, en Praga, con la idea de efectuar el noviciado, pero siempre
en la línea de atención a los enfermos y necesitados que habían llevando
antes. Pero ese no era el carisma de esta Orden, y María Luisa la dejó
en 1850 dando respuesta al sentimiento que percibía interiormente y que
juzgó voluntad de Dios. Ya había hecho acopio de una excelente formación
mientras desempeñaba labores de enfermería en varios hospitales
polacos. Todo ello le permitiría poder llevar a cabo, con mayor
preparación, la idea primigenia de dedicarse a cuidar a los enfermos en
sus hogares. Sabía que se exponía al contagio porque las epidemias
estaban en el aire, y con alta probabilidad la muerte inducida por
ellas. Pero en su apostolado instaba a no temer nada, sacrificando la
vida, si era preciso, por amor a Cristo y a los demás.
Regresó a Nysa, y tuvo que hacer oídos sordos a las numerosas
críticas que la perseguían. Más doloroso era afrontar la decisión de
sacerdotes que, estando en contra suya, le vetaron la recepción de la
Eucaristía. Además, el obispo se resistió a darles permiso para crear
una comunidad. Ella aceptaba los hechos sabiendo que el sufrimiento
acogido con gozo revertía automáticamente en un cúmulo de bendiciones
para la Iglesia. Fue su conformidad y el espíritu de humildad y
generosidad que se desprendía de su vivencia la que atrajo nuevas
vocaciones. El 19 de noviembre de 1850 junto a Francisca retomó su
acción caritativa bajo el amparo de santa Isabel de Hungría, cuya
festividad se conmemoraba ese día, y a la que expresamente eligieron
como su protectora.
En 1859 el prelado de Breslau aprobó esta nueva Asociación de Santa
Isabel, y a finales de ese año María Luisa fue elegida superiora
general. Al profesar al año siguiente veinticinco religiosas, que ya
formaban parte de la Obra, incluyeron el voto de cuidar a los
necesitados y enfermos. Ella proporcionó a sus hermanas, cerca de medio
millar, formación espiritual e intelectual durante los veintidós años
que presidió el Instituto. Éste fue aprobado por León XIII en 1887.
María Luisa había muerto el 14 de noviembre de 1872 estimada por su
pueblo que cariñosamente y en gesto de gratitud la reconocía como «la
samaritana de Silesia» por su forma de ejercitar la caridad con los
pobres, y «la querida madre de todos». Es considerada como la más
egregia figura de Silesia del siglo XIX. Dejaba fundadas 90 casas. Fue
beatificada por Benedicto XVI el 30 de septiembre de 2007.
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