Davide Carrara era un joven deportista que salía con sus amigos e iba a la universidad. Tenía una vida feliz y tranquila hasta que el 4 de mayo de 2009 experimentó una prueba que marcaría su vida en muchos sentidos. Sólo a partir de entonces descubrió en toda su realidad el valor de la fe y del sacrificio.
Aquella tarde salía de clase y se montó en su ciclomotor para volver a su casa cuando mientras circulaba un coche se cruzó y se lo llevó por delante contra la acera. La gravedad del accidente era palpable. “La arteria femoral se seccionó, y pensé que mi existencia acabaría en el asfalto. Sin embargo, en la fila de coches atascados que había por el accidente se encontraba un médico que me ayudó a presionar mi herida y detener la hemorragia”.
Sin la movilidad en una pierna
Este médico le salvó la vida. Pero las secuelas del accidente fueron grandes. Sufrió todo tipo de fracturas y heridas en la pierna derecha. Afectaban no sólo a los huesos sino también a los nervios generándole infecciones. El resultado fue la pérdida de movilidad en la pierna y esto supuso para él un severo golpe anímico.
Según relata al semanario Credere, desde aquel momento comenzó un duro periodo de rehabilitación física y espiritual, pues fue en esta situación límite donde este joven se pudo encontrar con Dios.
“Desde ese día mi vida cambió y descubrí un mundo que nunca había conocido, el de la discapacidad, caracterizado por una gran fragilidad pero también por un gran deseo de vivir”, cuenta esta italiano
Su encuentro con Dios
Esto le fue ayudando a ir superando todos los obstáculos a los que se enfrentaba en el proceso de rehabilitación. Pero también le hizo reflexionar sobre su vida y su propia existencia. Lentamente comprendió que no debía quejarse y se centró, por encima de todo, en dar sentido a su “nueva vida” sin una pierna.
“En ese periodo redescubrí mi fe. A menudo sucede que uno le pide ayuda a Dios sólo en momentos de necesidad y para mí fue así. Después del accidente me di cuenta de lo que había recibido de mis padres, en los años de catequesis y en las reuniones con el grupo de adolescentes de la parroquia”, confiesa.
A partir de entonces, Davide afirma que “como cristiano, por ‘hábito’ o ‘tradición’ comencé un diálogo más personal e íntimo con Jesús. Esto me ayudó a reflexionar seriamente sobre mí mismo: ‘¿quién soy yo? ¿Por qué estoy en el mundo?’. Decidí ser un regalo para los demás y, por lo tanto, cuidar de quienes más lo necesitan”.
De la fe al servicio a los demás
El accidente y perder el uso de una pierna brindó a Davide una serie de oportunidades en su vida que nunca habría imaginado. Y gracias a la fe llegó también la felicidad y el don de servicio. Fue así como se convirtió en socio fundador de una asociación que gestión un orfanato en Rumania a la vez que realizaba otra serie de proyectos en Italia.
Como buen aficionado al deporte que era antes de este suceso, una de las partes de la rehabilitación le devolvió a este mundo. En el lugar en el que recibía tratamiento se encontró con el entrenador de baloncesto en silla de ruedas de Bérgamo. Éste le propuso realizar algunos lanzamientos a canasta. “Después de mi terapia de rehabilitación continué practicando este deporte y sentí las mismas sensaciones que tenía antes con el fútbol. Ahora me las daba el baloncesto, que se había convertido en una parte central de mi vida”.
"Nunca es tarde para hacer el bien"
Davide se acabó uniendo al equipo Special Bergamo Sport de la primera división italiana y además podía volver a trabajar. Pronto se convirtió en campeón nacional para llegar incluso a convertirse en jugador de la selección italiana.
“He descubierto que nunca es demasiado tarde para hacer el bien y me gustaría devolver algo de lo que he recibido para así ayudar a los que están en dificultades”, afirma Davide, al que el accidente le ha hecho pese a todo lo que ha sufrido tener una vida que no cambiaría por nada.
Elena Braghin tuvo una adolescencia y una juventud de muchas idas y venidas. Varios novios, distintos grupos de amigos, épocas de creer y periodos de alejamiento total de la fe, fiestas nocturnas e intervalos de rebeldía con momentos de intimidad del Señor… Esta era la vida de la que ahora es sierva del Hogar de la Madre. Fue en Medjugorje en distintas peregrinaciones que hizo durante esos años donde primero conoció de verdad el amor de Dios y se fue fraguando la vocación religiosa que se produciría unos años más tarde.
Esta monja italiana relata en la página web del Hogar de la Madre cómo fue este proceso, nada sencillo para ella pero que fue necesario para finalmente llegar al lugar en el que se encuentra ahora.
“Dios no pintaba nada”
Nació en una familia católica con una madre muy religiosa y un padre creyente pero no practicante. “Podría decir que, hasta los 16 años, yo era una niña más o menos buena”, afirma, pero en su vida “Dios no pintaba nada”.
En ese momento su madre oyó hablar de un lugar llamado Medjugorje, situado en la entonces Yugoslavia, y en el que supuestamente se estaba apareciendo la Virgen María. Apuntó a toda la familia y fueron de peregrinación con un grupo organizado.
El sentido del “Ave María”
“En el autobús, la gente rezaba muchos rosarios, una oración que yo no conocía para nada y en la que se repite muchas veces el ‘Ave María’. Al principio me parecía una oración muy aburrida… ¡Siempre repitiendo lo mismo! Pero, como estaba en el autobús y no me podía escapar, repetía las oraciones con la gente de manera mecánica. En un momento dado, de repente, al rezar el ‘Ave María’, caí en la cuenta de que estaba hablando con mi madre del cielo y sentí todo el cariño maternal hacia mí. Esta sensación de experimentar a la Virgen como madre, y muy cerca de mí, se repitió en los dos meses siguientes cada vez que rezaba el rosario, y por eso cogí el gusto a esta oración. Esta fue mi primera experiencia de Dios”, relata la religiosa.
Además, recuerda que en aquella peregrinación “se me cruzó por la mente el pensamiento o, mejor dicho, empecé a tener como una certeza de que no me casaría”. Esa semilla estaba ahí, pero pasaron años antes de que germinase. Entre medias ocurrieron otras muchas cosas.
Desde ese momento, su madre decidió que se rezara el Rosario en familia y Elena lo acogió con gusto, hablando de Dios y de la Virgen todo el tiempo a su entorno. Pero esto sólo duró unos meses. Llegó el verano y en plena adolescencia empezó a salir con amigos mayores que ella y se echó su primer novio. “Había descubierto que me encantaban los chicos,aunque yo no me lo tomaba muy en serio y no salía por mucho tiempo, porque lo que más amaba era mi propia libertad. Cuando un chico empezaba a ir más en serio, yo lo dejaba.
De vuelta a Medjugorje
En la universidad, Elena se alejó completamente de Dios. Hizo amigos no religiosos y salía de fiesta con ellos por las noches. Esto generó un conflicto permanente con sus padres cada fin de semana, hasta el punto de que se quería ir de casa.
Sus padres, desesperados porque no sabían qué hacer con ella, la propusieron que se fuera en Semana Santa de nuevo a Medjugorje en una peregrinación de jóvenes. “La gente de la peregrinación y el sacerdote joven que la dirigía me cayeron muy bien, así que yo iba a donde iban ellos, aunque hacía ya mucho tiempo que yo no me confesaba ni iba a misa”, explica esta religiosa.
Pero de nuevo en esta peregrinación experimentó algo importante. Cuenta que “el Viernes Santo rezamos el Vía Crucis, que allí se hace subiendo una colina, y yo fui con todos. De repente, en un momento dado –no fue por ninguna oración que hiciera el sacerdote ni nada parecido-, sentí todo el amor que Jesús me tenía, hasta el punto de haber muerto por mí en la cruz. Al mismo tiempo, sentía que yo lo estaba crucificando otra vez con la vida que llevaba ahora. Eso me conmovió tan profundamente que empecé a llorar y entendía que tenía que responder con mi amor a ese amor tan grande”.
En Medjugorje sintió necesitaba ir a misa todos los días y comulgar para poder vivir. A la vuelta de la peregrinación –explica- “dejé a todos los amigos que tenía de antes, porque me daba cuenta de que no me ayudarían en mi cambio de vida, sino todo lo contrario. Pues claro, no es que de repente ya no me gustara salir de fiesta y todo eso… El mundo me seguía atrayendo y, por eso, si hubiese seguido en contacto con ellos me habrían arrastrado otra vez a la vida que llevaba antes”.
Una llamada cada vez más fuerte
Ya en su tercer año de carrera de Ciencias Políticas ganó una beca Erasmus para ir 8 meses a Bélgica. “En esa época tenía un novio muy bueno y religioso, todo iba bien… Sin embargo, empecé a sentir que ese amor humano le estaba quitando algo a Dios. Era como si mi corazón se viera dividido, y eso me dejaba desasosegada”, afirma.
Ante esta inquietud escribió a dos sacerdotes que había conocido. Uno era español, el padre Rafael Alonso Reymundo, fundador del Hogar de la Madre. El otro era un italiano. Ambos le contestaron de forma similar señalando que podría tener vocación. Esto no gustó a Elena, que se asustó.
En este estado llegó a Lovaina, donde volvió a hacer amigos alejados de la fe. Salía por las noches y dejó de ir a misa cada mañana. Además, relata que “tampoco quería oír mucho al Señor, ya que no quería saber nada de mi vocación. Dejé al novio que tenía en Italia y empecé salir con otros chicos de allí”.
Tras la llamada, un nuevo alejamiento
“Al dejar la misa y la comunión diarias, volví a la vida mundana de antes de mi conversión; al no vivir como Dios quería, empecé cambiar de manera de pensar –para justificarme de alguna manera- y me convencí de que esa era la vida real, eso era lo que todo el mundo hacía, y que lo religioso era un mundo falso irreal”.
Tras acabar la beca volvió a Italia y terminó sus estudios mientras conoció otro chico, con el que comenzó una relación. Entre tanto su familia hizo una peregrinación a Italia y España, y ella tuvo que acompañarlos.
Y al final Elena supo dónde sería feliz
En Lisieux sintió la necesidad de confesar, y así lo hizo. Y en España las siervas del Hogar de la Madre los invitaron a ella y a sus hermanos volver a Italia con una peregrinación de jóvenes. En esos días pudo reflexionar sobre su vida y los dos años que habían pasado ya desde que sintió la llamada de Dios. Al final, supo que “el periodo más feliz de mi vida había sido el de los dos años posteriores a mi conversión en Medjugorje, en los que había vivido muy cerca de Dios… ¡Lo que me faltaba para ser feliz era Dios!”.
Entonces supo en esa peregrinación que Dios la quería como sierva del Hogar de la Madre. Menos de un mes después se iría con ellas. Antes tuvo que hablar con sus padres y dejar a su novio. “Fui a España con el corazón roto, pero con la certeza de que era lo que Dios quería para mí, y Dios, que no se deja ganar en generosidad, en estos años de vida religiosa me ha dado mucho más de lo que he dejado. Soy realmente feliz y puedo decir que vale la pena dar la vida a Dios”.
En la pasada Vigilia Pascual, se bautizó en la catedral de Barcelona, a los 25 años, el periodista Miquel Vera, que cubre desde la Ciudad Condal la información política catalana para el diario ABC. En Catalunya Cristiana describió su proceso de descubrimiento y crecimiento en la fe.
Explica que durante 10 años fue como un cristiano clandestino, que se dejaba caer en las iglesias pero procuraba que no se le viese.
Sus padres se casaron por lo civil y no le bautizaron a él ni a su hermano. Pero desde los 14 años a Miquel le llenaba de curiosidad la vida de una hermana de su abuela que era monja.
"Yo iba a misa entre semana y a última hora. Me daba vergüenza.Asistía a misa como escondido, de incógnito, no quería contárselo a nadie. Me ponía en la última fila, o junto a una columna. Ni yo mismo entendía por qué hacía aquello", recuerda.
Miquel Vera, en una foto humorística en su
año colombiano
Al ir creciendo, cada vez asistía de forma más asidua a la misa. Para formarse, leía las publicaciones diocesanas Catalunya Cristiana y la Hoja dominical, que explica las lecturas del domingo. Intentaba entender la misa y la fe leyendo por su cuenta.
"Con el tiempo me di cuenta de que creía en Dios y lo fui diciendo a la familia y a mis amigos en la universidad. En la facultad tuve “debates encendidos” de quienes se oponían a Dios y a la Iglesia. Yo defendía, a mi manera, la doctrina de la Iglesia, lo que había aprendido como autodidacta", explica.
Durante años fue un explorador solitario de la fe, observando desde el umbral. Pero en cierta ocasión leyó una frase de Benedicto XVI que le hizo actuar. La frase decía: “No puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque la fe me la da Dios a través de una comunidad creyente que es la Iglesia”. "Esta frase me sacudió. Sentí que debía formar parte de la comunidad, que no podía esconderme más, viviendo las misas de incógnito".
Además, al finalizar la carrera de Periodismo en la Universitat Autónoma de Barcelona, obtuvo una beca de la Agencia EFE y pasó un año como periodista de EFE en Bogotá. En Colombia aprendió mucho profesionalmente. Aprendió también otra forma de vivir la fe, muy libre y alegre.
Miquel Vera en Colombia con Diego Jaramillo, famoso sacerdote
y predicador del ministerio Minuto de Dios
"Allí se vive la fe abiertamente, no como en Barcelona, escondidos en el ámbito familiar. Quise formar parte de la Iglesia, no esconderme más", decidió.
¿Y qué se hace en el siglo XXI cuando se busca algo? Se mira en Internet. "Entré en la web del arzobispado de Barcelona y cliqué la opción ¿Quieres ser bautizado? Allí encontré a un sacerdote lleno de sencillez y ternura, mosén Felip-Juli Rodríguez, director del Servicio diocesano para el Catecumenado. Fue en octubre de 2017". Hoy mosén Felip-Juli es director del Seminario.
Miquel con Lech Walesa, el fundador de Solidarnosc y Premio Nobel de la Paz
No hay muchos adultos que hagan catecumenado para bautizarse en Barcelona. "Éramos un grupo de seis. Gente muy distinta. El proceso catecumenal me ha enriquecido la fe sin perder la esencia", explica.
El catecumenado formal le ayudó mucho porque él, admite, "tenía muchos prejuicios".
La idea era bautizar a los catecúmenos el domingo después de Pascua, pero coincidía con las elecciones y él, como periodista, tenía que cubrirlas. Así que el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, accedió a bautizarlo (incluyendo confirmación y Primera comunión) en la Vigilia Pascual en la catedral, a él solo. "Concelebraban muchos sacerdotes. No los conté".
Así, él, que acudía a misa a escondidas y se quedaba oculto en las filas de detrás, fue el objeto de todas las miradas en la catedral, en la Misa más solemne del año. Por una vez, el periodista fue la noticia. Acabó su época de catecúmeno clandestino y empezó su vida como cristiano público. Ahora puede pedir públicamente milagros que faciliten la política catalana y su trabajo para explicarla. ¡Dios todo lo puede!
Santiago Bedoya Echeverri, colombiano, administrador de empresas, de 43 años, ha compartido en el digital católico Portaluz su experiencia dañina en el mundo del ocultismo y de la adicción a la pornografía, y su viaje liberador hacia Cristo y la vida cristiana.
De la crisis personal, a los adivinos
Aunque él tenía algo de fe, las seguridades de su vida se hundieron en cierto momento cuando se juntaron dos crisis: perdió el trabajo, y sufrió una ruptura amorosa. Ambas cosas agitaron su ritmo de vida.
Y su primer paso hacia lo esotérico fue la curiosidad por el futuro, a través de las cartas, y más adelante, por lo sobrenatural.
“Uno siempre comienza por cosas como lectura del tarot y luego, llenándose de más curiosidad, alejándose del Señor, le das más poder a esas creencias y vas a que te hagan una carta astral, luego donde la brujita de los paños, el agua bendita de 7 iglesias distintas y otras semejantes”, explica en Portaluz.
Los tarotistas aprovechan la vulnerabilidad de la gente,
su inquietud por el futuro, sus crisis, para engancharles
e introducirles en el mundo de lo oculto
La adivinación implicaba a veces sincretismo religioso. Así, acudía a adivinos que buscaban el futuro en el tabaco, y que practicaban la religión de la santería.
Otro ejemplo de sincretismo se dio en otra ocasion: "recuerdo estar sentado en un balcón delante de la imagen de Cristo crucificado, pero debajo del Cristo tener la imagen de la 'santa muerte'”. Se refiere a la imagen de un esqueleto con túnica y guadaña que en varios países latinoamericanos se usa en cultos para pedirle favores.
Depresión y adicción
Santiago Bedoya hoy considera que durante 4 años se alejó de Dios y permitió al Maligno “tomar” su “alma”. Además, su salud mental iba empeorando, crecía en él la depresión y ya tenía pensamientos sobre suicidarse. Cree que nunca intentó suicidarse realmente “gracias a los rosarios que rezaba mi madre”.
Otro punto dañino que se sumaba a esta crisis era su grave adicción a la pornografía. “Desboqué todo ese vacío sentimental y afectivo en la pornografía. Llegué a coleccionar 7.000 imágenes de mujeres, obsesivamente organizadas… y más de 2.500 videos, todo en un disco duro de memoria externa sólo para eso”, explica hoy con tristeza.
Precisamente su esclavitud de la pornografía, que le hastiaba, fue el punto que le hizo dar un primer paso para cambiar de vida. Decidió ir a la iglesia a confesarse especialmente de eso. Recibió la absolución y al regresar a su casa lo primero que hizo fue conectar el disco duro a la computadora y, “rezando el Magnificat”, dice, marcó la carpeta que contenía todos los archivos pornográficos y la eliminó.
Un testimonio en vídeo y una religiosa de la infancia
Días después, a sugerencia de su hermana, visionó con detalle los videos en los que la conocida modelo Amada Rosa Pérez narraba su conversión. Esos vídeos lo animaron a emprender un proceso de mejoría y de liberación.
Uno de los vídeos de Amada Rosa Pérez que han ayudado a muchas personas
Santiago sabía que necesitaría ayuda humana y cristiana, que alguien caminara junto a él. Y recordó a una religiosa bondadosa que había sido su catequista muchos años antes. La buscó por Internet y descubrió que no estaba en el país, ahora servía en Perú. Pero él le escribió por e-mail, abrió su corazón explicando su deseo de cambio, y ella lo acogió. “Ella empezó a ser mi guía espiritual y el primer correo que me respondió decía: «Santiago, llegó la hora de Dios»”.
En 2012, tras un cuidado examen de conciencia, acudió a un sacerdote y confesó los pecados de toda su vida.
Hoy vive firme en la fe, aferrado a la vida sacramental y a la oración. Se ha hecho devoto de la Virgen de Guadalupe. A ella y al Santísimo Sacramento agradece el haber conocido a Marcela, quien es hoy su esposa.
Hoy valora especialmente "los frutos de estar ante el Santísimo Sacramento; cuánto Él actúa ahí en silencio; si supiéramos lo que sucede ahí y lo que sucede en nosotros tan solo con ir a visitarlo… estaríamos de rodillas constantemente delante del Sagrario”, afirma.
(A partir del testimonio publicado originariamente por Ana Beatriz Becerra aquí en Portaluz.org)
Kasey Kimball es una joven norteamericana que ha estado estudiando Arte y Teología en Vancouver, Canadá en los últimos 4 años. Formada en el cristianismo protestante anglicano, durante ese periodo ha meditado y leído mucho, ha explorado la fe católica y se ha hecho católica en esta Pascua de 2019. Le ha costado dar el último paso, y lo ha hecho reflexionando sobre los escándalos y graves pecados que se han dado en el clero y en las estructuras católicas.
En tierra de nadie eclesial: ¿qué decidir?
En agosto de 2018, Kasey estaba en una "tierra de nadie" eclesial... Llevaba ya un año acudiendo a la misa católica. En agosto, ya había conseguido sentirse cómoda con el rosario, usaba el misal del Magníficat sistemáticamente y ya no se consideraba protestante. Quería ser católica y prácticamente vivía como si lo fuera. Había hecho los distintos ritos de presentación y había terminado su curso de iniciación a la fe católica.
Pero no había dado el paso a entrar en la Iglesia en esa Pascua de 2018. "Simplemente, no estaba teológicamente lista", dice.
Tampoco podía volver al protestantismo. La liturgia protestante y anglicana le parecía ahora llena de palabras humanas huecas. En el culto protestante que conocía "parecía que reinventáramos la rueda cada domingo, cuando la riqueza de la tradición estaba ahí lista para ser usada".
"Sentí que Jesús me miraba, era apenas soportable"
También había sentido con fuerza la presencia de Cristo en la misa. "No es que diga que Cristo esté ausente en el protestantismo, pero hay una diferencia de intensidad palpable. Un domingo por la mañana sentí que Jesús me miraba desde el tabernáculo; la intensidad era profundamente convincente, aunque apenas soportable. La idea de que Cristo estaba presente de una manera única en la Iglesia Católica la encontraba yo ofensiva, pero mi experiencia sugería que podía, simplemente, ser verdad".
Y estaba el tema de la autoridad. Los anglicanos, en EEUU y en Canadá están divididos profundamente, en varias denominaciones. Unos grupos y obispos aceptaban obispesas lesbianas, el matrimonio gay, incluso el aborto. Otros no lo aceptan del todo, o lo intentaban esquivar, o limitar. ¿Quién tiene autoridad para enseñar de verdad lo que Dios aprueba?
"Si bien los protestantes afirman que la Biblia es su autoridad final, en realidad todos apelábamos a alguien a la hora de interpretar los que la Biblia decía y significaba, fuera Lutero, Calvino, Cranmer o Barth o un blog que nos guste o nuestro pastor local", señala Kasey.
¿Qué le faltaba? Convencerse de que la Iglesia era quien decía ser.
Un sermón sobre abusos en la Iglesia
Ese verano, en un campamento de vacaciones, acudió a misa a una pequeña capilla. No podía comulgar, pero podía responder todas las partes de la misa, participar con su oración, escuchar la homilía. Y el sacerdote predicó sobre los abusos del cardenal McCarrick con seminaristas y cómo nadie había rendido cuentas ni tomado medidas en su momento para evitarlo o castigarlo. "Aprecié que fuera directo, que se negara a mantener una cadena de silencio".
Y entonces Kasey tuvo una sensación peculiar.
"Me dio la impresión de que si la Iglesia Católica era el cuerpo de Cristo de una forma peculiar -y ese era aún un gran 'si'- necesitaba acercarme más a ella en este tiempo de crisis. Si a ustedes les parece una reacción rara ante la revelación de más abusos y encubrimientos... a mí también".
Dios en el sufrimiento, y la amistad de los santos
Kasey llevaba unos años reflexionando sobre la presencia de Dios en el sufrimiento. En los últimos 3 años había sufrido bastante: sus padres se habían divorciado, a ambos les diganosticaron cáncer y la misma Kasey sufría una depresión clínica y dolores de cabeza crónicos. "Pasaba el día en mi habitación viendo teleseries: no podía hacer ni mis deberes de clase, mucho menos 'cosas grandes por Jesús'".
Estaba trabajando en una tesis sobre los textos de San Buenaventura, el santo místico y superior franciscano del siglo XIII, especialmente los que trataban sobre la Pasión. Para San Buenaventura, que el Dios hecho hombre aceptara sufrir para curar y salvar a los hombres, es algo de gran hermosura, una forma de medir la grandeza de ese amor. "Buenaventura deja claro que la victoria de Cristo no significa que la Iglesia cese de sufrir. De hecho, la realidad es la contraria", escribe Kasey.
Ella pasó dos años leyendo a Buenaventura mientras experimentaba sus dolores físicos y emocionales. Conoció además a otros santos que se mantuvieron fieles a Dios pero muy probados por el dolor: San Francisco, Santa Catalina, Santa Teresita, Santa Faustina y muchos otros... "Sus historias era inspiradoras, enloquecedoras y convincentes. Empecé a creer en su testimonio de que el sufrimiento valía la pena para poseer la libertad y el gozo de la beatitud. Empecé a considerarlos mis amigos. Quería formar parte de su familia".
Ofrecer los sufrimientos: poder para el bien
Kasey empezó a explorar el lenguaje católico de "ofrecer los sufrimientos" a Dios por los demás. ¿Podía usarse como una excusa para la inacción, o para el masoquismo? Podía, sí. Pero ella encontró que también podía dar fuerza y poder: "con esta forma de pensar, el sufrimiento en sí sigue siendo malo, pero se le puede obligar a que produzca un bien". Y así, ofreciendo desde su cama sus dolores, podía seguir participando en las cosas que Dios hace en el mundo, seguir produciendo bienes.
Así, entendió que "el sufrimiento, aunque es malo y temporal, es una forma de conocer a Cristo". También, dice, le ayudó a ser más paciente, compasivo, dependiente y "profundamente eclesial, porque al conectarnos a Cristo nos conecta con los demás".
Después, Kasey empezó a leer y conocer el pensamiento de una católica inglesa muy peculiar, la mística, artista, escritora y terapeuta informal Caryll Houselander, que vivió entre 1901 y 1954.
En sus experiencias místicas, Caryll Houselander había visto a Cristo "en todo tipo de personas". "Si buscas a Dios solo en los santos no lo encontrarás", escribió. Houselander ordenó un poco su vida al volver a la Iglesia en 1925, pero sin faltarle heridas. Se enamoró del famoso espía Sidney Reilly (un judío de Odessa al servicio de Su Majestad), que fue el modelo para las novelas de James Bond, pero él la hirió y se fue con otra mujer (se casó con unas cuantas). Caryll nunca se casaría, pero dedicó mucho tiempo a acompañar y aconsejar a personas dañadas por la Segunda Guerra Mundial, con una gran empatía. El psiquiatra Eric Strauss la admiraba y consideraba "una excéntrica divina".
Caryll Houselander en sus últimos años; murió con 54 años
A Kasey le inspiraba leer a Caryll, que veía que igual que Cristo resucitó alzándose de su tumba, puede resucitar en los corazones de personas muy pecadoras, muy alejadas de Dios, que tienen a Cristo muy muerto en su corazón. Y así, si miramos con respeto la tumba de Cristo muerto, también debe haber cierta reverencia hacia esas tumbas que son los pecadores endurecidos.
La Iglesia no deja de ser Iglesia aunque haya pecado
Todo esto cristalizó en una idea para Kasey: "la Iglesia no deja de ser Iglesia cuando se infecta de pecado y escándalo. Mucha gente ha sido atraída a la Iglesia Católica precisamente porque es honesta en su necesidad de ser probada y purificada".
Kasey recuerda además una escena que ayudó al escritor Chesterton a hacerse católico. Vio un cartel en la parroquia que avisaba: "cuidado, no dejen los paraguas en la cesta, pueden ser robados durante la misa". Chesterton pensó que esa iglesia era honesta y consciente de la realidad del pecado en su interior. La Iglesia ideal para alguien como él, pecador en necesidad de misericordia.
G.K.Chesterton, acompañado del escritor Israel Zangwill.
Sí, el pecado no era razón para no estar en la Iglesia. Pero ¿de verdad la Iglesia que Cristo fundó para actuar en el mundo era la Iglesia Católica?
Kasey empezó a leer a los Padres de la Iglesia de los primeros siglos: "¡Me sorprendió lo católicos que eran! No era una iglesia hippie con liderazgo horizontal y gente que se reune de manera informal en casas y tienen la Eucaristía como una comida normal". Los primeros cristianos tenían líderes, normas, liturgia, insistían en la vida común y en la perseverancia, obediencia, unidad, amor y humildad.
Una y otra vez los escritores cristianos de los primeros siglos insisten en la obediencia al obispo: desobedecer al obispo es como desobedecer a Cristo, separarse de la Iglesia es como separarse de Cristo, escribían. Eso exigía al obispo un alto nivel de santidad, según los textos de los primeros siglos cristianos.
"Lo que para los católicos era obvio, ahora lo podía ver claro yo: Dios no nos había dado un libro, sino un pueblo. Y este pueblo, pese a sus pecados y herejías, fallos y errores, estaba aún intacto, por Gracia de Dios".
Así, esta Pascua de 2019 entró plenamente en la Iglesia Católica.
"Cuidado con la gente real, mediocre"
Hay católicos veteranos que han avisado a Kasey: cuidado, tras leer a tantos grandes santos, no se decepcione cuando vea a los católicos reales, de a pie, la gente concreta y mediocre que encontrará en las parroquias...
Pero ella no se desanima: "en la Iglesia Católica real, sobre el terreno, encuentro una mezcla profunda de lo ordinario y lo divino. En mi parroquia de Vancouver veo a mi vecindario: ricos y pobres, hombres y mujeres, casados y solteros, jóvenes y viejos, sanos e impedidos, de muchos orígenes étnicos... Mi convicción creciente es que este cuerpo de gente ordinaria es, misteriosa y verdaderamente, también el Cuerpo de Cristo", escribe.
(Kasey Kimball contó su testimonio en la Newman Association de Vancouver, y fue publicado en The BC Catholic, con fotos de Agnieszka Ruck)
Begoña Rosado ha contado su testimonio de fe en HM Televisión, en el veterano programa Cambio de Agujas. Ella se convirtió cuando retomó el contacto con una amiga de la adolescencia después de veinte años sin tratarse. Su amiga le dijo algo asombroso: estaba poseída. Cuando Begoña consiguió visitarla, ya no lo pudo dudar.
Una infancia con fe, y una amiga especial
"Nací en una familia católica por costumbre; mi padre era muy creyente, mi madre no tanto. Los domingos, obligados por el ambiente, practicábamos la fe, pero sin una base de fe firme. Mi educación en una escuela de las carmelitas fue una etapa muy bonita, pero luego en la adolescencia, al dejar el colegio, me alejé muchísimo de Dios".
Al empezar la adolescencia, de los 11 a 13 años, hizo una amiga especial en las carmelitas. Recuerda que conectaron bien en un campamento en Tarazona. Era una niña con problemas para hacer amistades, mientras que Begoña era muy social y extrovertida. Y congeniaron durante esos dos o tres años de relación.
Alejándose de Dios... y un aborto
Begoña era la séptima de ocho hermanos. Al ir creciendo, sus padres, ya mayores, no la vigilaban mucho. "Yo salía con las amigas y no me sentía feliz en ningún ambiente". Ya no se relacionaba con nada de la Iglesia, su vida era plenamente mundana.
A los 18 años conoció a quien sería su marido. A los 19 años, aún sin planes de casarse, quedó embarazada de él. "Tomé la decisión, yo sola, de abortar. Él lo sabía, pero no participó en la decisión".
Explica como fue el día del aborto, en el centro abortista: "No te dejan ver los monitores, no te dejan pensar... ni te permites ni te permiten pensar que estás haciendo algo malo. Pero es lo que es, estás quitando vidas". Aquello le dejó una herida profunda.
Al poco, yendo a recoger a un familiar en una iglesia, y sintiendo un dolor interior, emocional, paró a hablar con un sacerdote. Le habló de su reciente aborto... y el sacerdote le dio la absolución. Aún algo desconcertada, se dio cuenta de que era la primera vez que se confesaba desde su Primera Comunión.
Había recibido el perdón de Dios, pero aún así no se perdonaba a sí misma y, lejos de Dios, tardaría en hacerlo. Hoy, dice, habla "con libertad y mucha paz" de su vivencia dolorosa con el aborto, para ayudar a otras mujeres, animando a todas a reconocer los hechos, hacer la paz con el hijo muerto y confesarse.
Pero entonces no podía hacer nada de eso. Finalmente se casaron, "por la Iglesia, por nuestros padres, porque yo no me quería casar por la Iglesia".
Al principio, "vivía bien, una vida muy cómoda, encauzada", pensaba. Creía que con su marido, su familia, los hijos que fueron llegando, encontraría un amor que la llenara. Y sin embargo, no parecía suficiente. "Hoy veo que buscaba un amor más grande", considera Begoña.
Y después llegó una época de problemas personales, familiares... "Todo se desvanecía, era duro y no veía salida".
"Y me confiesa que tiene una posesión diabólica"
En esa época triste, a través de Internet, reencontró a su antigua amiga de adolescencia, después de 20 años sin contacto. Le hizo mucha ilusión. Se contaban sus vidas por Internet y teléfono casi cada semana. Pero no conseguían quedar en persona. La amiga contó a Begoña que había tenido una vida muy caótica y desordenada, que le habían diagnosticado fibromialgia crónica, que tenía dolores muy fuertes, pasaba en su cama mucho tiempo.
Begoña vio que su amiga hablaba mucho de Dios. Pensó: "supongo que es normal, se aferra a lo que puede en su enfermedad".
Pero en 2012 su amiga le dijo algo asombroso. "Ella me confiesa que tiene una posesión diabólica de un grado muy, muy fuerte, y yo la verdad me quedé un poco asombrada. De hecho, mi reacción al principio fue de total incredulidad".
Ella era escéptica al respecto pero la curiosidad le movió. Se puso a leer sobre el tema, a interesarse. Y a hablar con ella.
Según explica Begoña, el origen de la acción diabólica en su amiga estaba en "un 'trabajo' que hicieron a su madre", es decir, que su madre acudió a una bruja estando embarazada de ella. "Echando la vista atrás, hoy entiendo los problemas de esta chica en el colegio, su dificultad para socializar". Estudiaban en un colegio carmelita y ella rehuía todas las cosas religiosas. También estaba a menudo indispuesta.
En 2011, después de haber pasado por todo tipo de médicos y de especialistas psicológicos, la amiga se había dado cuenta de que sentía un rechazo peculiar por las cosas de Dios. Un día vio un vídeo de un exorcista en YouTube "y se puso fatal". Después se "puso en tratamiento", explica Begoña; es decir, contactó con un exorcista que la atendió.
Visitar a una amiga poseída
Begoña por fin logró ir a visitar a su amiga. Antes, precavida, y ya acercándose a las cosas de Dios, se confesó. Luego lo haría otras dos veces más "porque veinte años de pecado dan para mucho que contar".
Begoña quiso hacer una prueba ("una trampa", dice ella). "Pedí a mi suegra que me comprase un colgante religioso bendecido. Lo llevé en una caja. Estando con ella en el sofá, le entregué el regalo, y ella, al tomarlo, sin saber lo que había dentro, tuvo una reacción de rechazo absoluto. Entonces me quedé paralizada: yo no podía moverme. Su madre me dijo, sonriendo: no pasa nada, es 'él'". Volviendo con mi marido, en el coche, le dije: "¿has visto lo que yo he visto?; por favor, vámonos enseguida a una iglesia".
Desde entonces Begoña ha visto "cosas muy duras" en la experiencia de su amiga. Luego conocería a otras personas en una situación similar, explica. Toda su visión del mundo, cambió. Se dio cuenta que su vida había sido narcisista, mundana... y lloró recordando su pasado.
Creciendo en la vida cristiana
Varias cosas desde entonces han ayudado a Begoña en la vida cristiana, como leer la vida de los santos y tener dirección espiritual. Cuenta que después llegó "un encuentro con el Señor, maravilloso; ya le conocí, me enamoré de Él, me llenó la vida, plena, por completo. Me siento tan feliz... encontré ese amor lleno, que crece, del que hablaba al principio".
Hoy es muy devota del Padre Pío, y vive su espiritualidad en el movimiento internacional de Siervos del Sufrimiento, que en Madrid pastorea el padre Isaac Parra. "La película del padre Pío fue de las primeras que vi cuando me convertí", explica.
Anima a todos a vivir en gracia de Dios y a evitar los engaños de la Nueva Era, el reiki, la ouija... "Todo eso es un caramelo envenenado", avisa. Explica que su amiga y otras personas en situación similar ofrecen sus sufrimientos por el bien del mundo. De esa entrega, aprende también ella.