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sexta-feira, 22 de junho de 2018

Misionero español y hoy refugiado en un campo en Sudán del Sur: «Tenemos que ir con nuestro rebaño»



Isaac Martín llegó a Sudán en 1969
Sudán del Sur vive una gravísima crisis humanitaria. La guerra ha dejado decenas de miles de muertos y cientos de miles de desplazados. El hambre además no para de cobrarse vidas. Y todo ello pese a ser el país más joven del mundo.
Pese a la violencia y la inestabilidad del país, los misioneros no quieren separarse de su pueblo. Es el caso del comboniano español Isaac Martín, que lleva casi 50 años en esta tierra, y que se ha convertido en refugiado para poder seguir atendiendo a sus feligreses, ahora todos ellos refugiados.
Paula Rivas publica el testimonio de este religioso en la Revista Supergesto, de Obras Misionales Pontificias:
"Tenemos que ir con nuestro rebaño"
Si so­mos pas­to­res, te­ne­mos que ir con nues­tro re­ba­ño”, ex­pli­ca Isaac Mar­tín, uno de ellos. “Nues­tra pre­sen­cia allí les mues­tra que la Igle­sia no les ha aban­do­na­do”.
Isaac Mar­tín se ofre­ció para ir a Su­dán del Sur como mi­sio­ne­ro com­bo­niano en 1969. Quién le iba a de­cir cuan­do em­pe­zó a sen­tir la vo­ca­ción que a sus 81 años se ha­ría re­fu­gia­do con los re­fu­gia­dos, y bus­ca­ría de en­tre los cam­pos a sus fe­li­gre­ses. Des­de en­ton­ces, ex­cep­to al­gu­nos años en Es­pa­ña, ha en­tre­ga­do su vida en Su­dán del Sur, don­de se ha ju­ga­do la vida en va­rias oca­sio­nes para lle­var el Evan­ge­lio en un si­tio don­de na­die quie­re es­tar. En los úl­ti­mos años, su mi­sión se ha desa­rro­lla­do en Lo­min, don­de los com­bo­nia­nos te­nían un co­le­gio gran­de “Pa­re­cía que a la zona de Lo­min la gue­rra no iba a lle­gar. Pero fi­nal­men­te lle­gó. Ata­ca­ron to­dos los pue­blos de al­re­de­dor, por lo que en enero de 2016 la gen­te del pue­blo em­pe­zó a huir ha­cia Ugan­da, a unos 40 km”, ex­pli­ca este com­bo­niano. Cuan­do los sol­da­dos ma­ta­ron a diez per­so­nas, en­tre ellas un ca­te­quis­ta, la si­tua­ción se vol­vió peor. “El 6 de fe­bre­ro to­dos ha­bían hui­do. Na­die se ha­bía ma­tri­cu­la­do en el co­le­gio, ni es­ta­ban los pro­fe­so­res”. Solo que­da­ban los mi­sio­ne­ros en ese pue­blo de­sier­to. ¿Qué ha­cer? “Si so­mos pas­to­res, te­ne­mos que ir con nues­tro re­ba­ño”. Así que, ni cor­to ni pe­re­zo­so, a sus 81 años, este mi­sio­ne­ro, jun­to con sus com­pa­ñe­ros de co­mu­ni­dad, pre­pa­ró las co­sas y se fue a Ugan­da, a bus­car a su gen­te. Poco des­pués, la gue­rra arra­só toda la mi­sión de Lo­min, solo se ha sal­va­do el edi­fi­cio de la Igle­sia.
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Ya en Ugan­da, los mi­sio­ne­ros se pu­sie­ron a bus­car en­tre los cam­pos de re­fu­gia­dos a su gen­te, para po­der con­ti­nuar con su mi­sión. En la zona hay tres cam­pos de 200.000 per­so­nas. Pero en el país, los re­fu­gia­dos su­man más de un mi­llón. En el te­rreno de una pa­rro­quia de Ugan­da, es­tán in­ten­ta­do mon­tar una es­cue­la, don­de po­der ofre­cer edu­ca­ción a los re­fu­gia­dos. Es muy di­fí­cil, por­que no tie­nen nada: ni li­bros, ni cua­der­nos… Ade­más, han mon­ta­do seis ca­pi­llas de­ba­jo de los ár­bo­les. “Te­ne­mos que es­tar don­de es­tán nues­tros fe­li­gre­ses”.
La posibilidad de amar al enemigo
Con 81 años, (“ju­ven­tud acu­mu­la­da” pre­fie­re lla­mar­le él) Isaac Mar­tín tie­ne cla­ro que para que en un fu­tu­ro Su­dán del Sur pue­da te­ner paz, es ne­ce­sa­rio tra­ba­jar en el acom­pa­ña­mien­to es­pi­ri­tual de las per­so­nas, para que se pue­da dar el per­dón y se pue­dan su­perar to­dos los trau­mas que han vi­vi­do. “Si no con­se­gui­mos esto, aun­que lle­gue la paz al­gún día al país, y pue­dan re­gre­sar a sus ca­sas, to­dos ten­drán de­seos de ven­gan­za, lo que po­dría oca­sio­nar un ge­no­ci­dio”. Mu­chas mu­je­res han sido vio­la­das, otros han vis­to cómo han ma­ta­do a sus pa­dres y her­ma­nos. ¿Cómo se pue­de ayu­dar a es­tas per­so­nas he­ri­das? “Pre­di­can­do a Cris­to, que nos re­ga­la la po­si­bi­li­dad de amar al enemi­go, y de no cul­ti­var el odio y el ren­cor. Es­ta­mos aquí para re­con­ci­liar, la lu­cha lo des­tru­ye todo”. Y es que, el fu­tu­ro del país pasa por la crea­ción de una nue­va so­cie­dad, por la for­ma­ción de ciu­da­da­nos, sea cual sea la tri­bu a la que se per­te­nez­ca. “Cris­to nos en­se­ña que to­dos for­ma­mos par­te de una mis­ma fa­mi­lia, que to­dos so­mos hi­jos de Dios”.
“Nues­tra pre­sen­cia en los cam­pos es un signo para ellos de que la Igle­sia no les ha aban­do­na­do, y eso les hace sen­tir­se se­gu­ros. He­mos ido con ellos, com­par­ti­mos su ex­pe­rien­cia”. ¿Cómo con­si­guen lle­gar a to­dos? “Hay que ser crea­ti­vos”, ex­pli­ca el mi­sio­ne­ro com­bo­niano. Son cua­tro en co­mu­ni­dad, y al ser ex­tran­je­ros no pue­den dor­mir en los cam­pos, se han com­pra­do un te­rreno al lado para po­der tra­ba­jar de una for­ma más in­me­dia­ta. Ade­más, cuen­tan con la ayu­da de los ca­te­quis­tas na­ti­vos, pa­dres de fa­mi­lia que vi­ven en los cam­pos, y que les ayu­dan. “Gra­cias a ellos la Igle­sia pue­de lle­gar a to­dos los rin­co­nes. Les he­mos com­pra­do unas bi­ci­cle­tas para que se re­co­rran los cam­pos, vi­si­ten a los en­fer­mos, les lle­ven co­mi­da y me­di­ci­nas, e in­clu­so que los lle­ven a los pues­tos mé­di­cos”.
Yo les pe­di­ría a los jó­ve­nes que re­cen por no­so­tros, y que se atre­van a dar la vida. No se tra­ta de en­tre­gar unos me­ses, la re­la­ción con Cris­to crea un modo nue­vo de vi­vir. La fuer­za vie­ne de Dios”, con­clu­ye.

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