sábado, 10 de junho de 2017

Chopin tuvo una muerte cristiana y volvió a la fe en su lecho de muerte: una carta da los detalles

El gran compositor vivió alejado de Dios y unido a una divorciada durante años

Chopin ha sido uno de los mejores compositores y pianistas de la historia
10 junio 2017


Fréderic Chopin ha sido uno de los grandes compositores de la historia además de un virtuoso del piano. Este polaco, educado en su infancia en la fe católica, pero en su juventud abandonó la fe y se juntó con una mujer divorciada.


Fue ya casi en el lecho de muerte cuando gracias a la insistencia de un sacerdote amigo suyo, Chopin volvió al catolicismo de su infancia. El padre José María Iraburu rescata en la publicación Ave María Infocatólica la carta escrita por este cura en el que relata pormenorizadamente la conversión del músico polaco:

Frédéric Chopin nació en el pequeño pueblo de Zelazowa Wola, Polonia, y fue bautizado el 23 de abril de 1810 en la parroquia de Brochow. Pero el día de su nacimiento, unas semanas antes de su bautismo, no consta con certeza. Él celebraba su cumpleaños el 1 de marzo. Su padre, Nicolás, era un emigrado francés que se casó con Justyna Krzyzanowska y trabajó en Varsovia como profesor particular de familias aristocráticas. Esto favoreció el acceso de Chopin en la sociedad culta.

Su madre le introdujo en la música a una edad muy temprana. Como niño prodigio, a los ocho años dio ya conciertos de piano y escribió sus propias composiciones. Formado en el Conservatorio de Música de Varsovia, sus padres, convencidos de sus prodigiosas condiciones musicales, lo enviaron a Viena, una de las más importantes ciudades en el mundo de la música. Allí debutó con gran éxito en 1829. Y en 1832 se estableció en París, donde se relacionó con otros compositores, como Franz Liszt, Vincenzo Bellini y Felix Mendelssohn. Chopin pronto fue reconocido en París como un gran pianista y compositor.

Se enamoró y vivió con una escritora divorciada
Aunque tuvo varios amoríos juveniles, ninguna de sus relaciones duró más de un año. En 1838 comenzó una historia de amor con la extravagante escritora francesa George Sand (Aurore Lucile Dupin Amantine), ya por entonces divorciada. La pareja pasó un duro invierno en Mallorca, y Chopin enfermó de tuberculosis.

En mayo de 1839 Chopin y Sand se instalaron al sur de París, en Nohant, en una casa de campo. Los siete años que allí vivieron fueron los más felices de Chopin y los más fecundos en sus composiciones musicales, siempre para piano: sonatas, nocturnos, polonesas, mazurcas, dos conciertos para piano y orquesta, logrando una gran fama como compositor y pianista, y una considerable prosperidad económica.

El avance de la enfermedad y su ruptura con Sand
A mediados de la década de 1840 empeoró la salud de Chopin y se fue deteriorando su relación con George Sand, como se refleja en la novela Lucrezia Floriani, probablemente autobiográfica, que ella publicó en  1846. Sus relaciones terminaron en 1848. Financiado por una admiradora, viajó a las Islas Británicas, donde tuvo una actividad muy intensa, descuidando un tanto las prescripciones médicas. Regresó a París, y allí murió el 17 de octubre de 1849, a los 39 años. Pasó a la historia como uno de los más grandes músicos.

Chopin se apartó de la fe en su juventud, abandonó las prácticas religiosas, convivió durante bastantes años, como ya he dicho, con la divorciada George Sand, y alejándose de Dios, se consagró toda su vida a la música. Pero el Señor misericordioso le concedió la gracia de la conversión en los últimos días de su vida. Quiso Dios elegir al sacerdote Alejandro Jelowicki, muy apreciado en la comunidad polaca de París, como mediador principal de su gracia salvadora. Se conserva una carta del P. Jelowicki escrita el 21 de octubre de 1849 a la señora Saveria Grocholska, en la que narra al detalle la conversión final de Chopin y su santa muerte.


La carta en la que se cuenta su conversión
Lo que sigue es el texto de la carta del P. Jelowicki:

«Estimadísima señora. Estoy todavía bajo la impresión de la muerte de Chopin, ocurrida el 17 de octubre de este año [1849]. Ya desde hace mucho tiempo la vida de Chopin estaba suspendida de un hilo. Su organismo, siempre delicado y débil, se consumía día a día como la llama de su genio.

«Durante muchos años la vida de Chopin fue apenas un aliento. Su frágil y débil cuerpo estaba visiblemente desajustado para la fortaleza y fuerza de su genio. Era una maravilla que en un estado tan débil pudiera siquiera vivir, y en ocasión actuar con gran energía. Su cuerpo era casi diáfano; sus ojos estaban casi ensombrecidos por una nube de la cual, de vez en cuando, destellaban los rayos de su mirada. Amable, bondadoso, rebosante de humor, y en toda forma encantador, no parecía ya pertenecer a la tierra, mientras que desafortunadamente no había todavía pensado en el Cielo. Tenía buenos amigos, pero muchos de ellos malos amigos. Estos malos amigos eran sus aduladores, eso es, sus enemigos, hombres y mujeres sin principios, o mejor dicho con malos principios. Hasta su éxito sin rival, tanto más sutil y por lo tanto mucho más estimulante que el de todos los demás artistas, llevaba la guerra a su alma y contuvo la expresión de la fe y de la oración. Las enseñanzas de la madre más cariñosa y piadosa se convirtieron para él en un recuerdo del amor de su infancia. En lo que ocupaba la fe, la duda se había adentrado, y sólo esa decencia innata en su generoso corazón le impidió el darse gusto en el sarcasmo y la burla de las cosas santas y de las consolaciones de la religión.

«Mientras estaba en esta condición espiritual, le atacó la enfermedad pulmonar que pronto se lo llevaría de nosotros. El conocimiento de esta cruel enfermedad llegó a mis oídos a mi vuelta de Roma. Me apresuré a visitarlo con el corazón saliéndome del pecho, para ver una vez más al amigo de mi juventud, cuya alma me era infinitamente más querida que todo su talento. Le encontré no más delgado, porque eso era imposible, pero sí más débil. Su fuerza se hundió, su vida palidecía visiblemente. Me abrazó con afecto y con lágrimas en sus ojos, pensando no en su propio dolor, sino en el mío. Me habló de mi pobre amigo Eduard Worte, a quien acababa de perder, ya sabes cómo. (Fue fusilado, un mártir de la libertad, en Vienna, 10 de noviembre, 1848).

«Aproveché su emocionada disposición para hablarle sobre su alma. Le traje a la mente la piedad de su infancia y la de su querida madre. “Sí”, dijo él, “para no ofender a mi madre no me moriría sin los Sacramentos, pero de mi parte no los considero en el sentido que deseas. Comprendo la bendición de la confesión sólo como una descarga de un corazón pesado en una mano amistosa, pero no como un Sacramento. Estoy listo para confesarme si lo deseas, porque te quiero, no porque me parezca necesario”. Basta ya: una multitud de discursos antireligiosos me llenaron de terror y de cuidado por esta alma elegida, y no temía nada más que el ser llamado para ser su confesor.

«Varios meses pasaron con conversaciones parecidas, tan dolorosas para mí, el sacerdote y el sincero amigo. Pero me aferré a la convicción de que la gracia de Dios obtendría la victoria sobre su alma rebelde, aunque no sabía cómo. Después de todos mis esfuerzos, me quedaba la oración como único refugio.

«En la tarde del 12 de octubre me había retirado con mis hermanos para rezar por un cambio de mente en Chopin, cuando fui llamado por orden del médico, que temía que no sobreviviría la noche. Me apresuré a su lado. Apretó mi mano, pero me pidió que me fuera enseguida, mientras me aseguraba que me quería mucho, pero que no deseaba hablar conmigo.

«¡Imagínate, si puedes, la noche que pasé! El día siguiente era el 13, la fiesta de S. Eduardo, el santo patrón de mi pobre hermano. Celebré la Misa por el reposo de su alma y recé por el alma de Chopin. “Dios mío”, supliqué, “si el alma de mi hermano Edward te complace, concédeme, este día, el alma de Frederic”.

«Doblemente afligido, fui entonces al hogar melancólico de nuestro pobre enfermo.

«Le encontré con el desayuno, que estaba servido tan cuidadosamente como siempre, y después de que me invitó a compartirlo, le dije: “Amigo mío, hoy es el santo de mi pobre hermano”. Él me suplicó: “¡No hablemos de ello!”. “Mi más querido amigo”, continué,“debes darme algo por el santo de mi hermano”. “¿Y qué te daré?” “Tu alma”. “¡Ah! Comprendo. Aquí está; ¡tómala!”.

«Ante esas palabras, una indescriptible alegría y angustia se apoderaron de mí. ¿Qué le debería decir? ¿Qué debería de hacer para restaurar su fe, cómo no perder en vez de ganar esta querida alma? ¿Cómo debería empezar a llevarlo de regreso a Dios? Me tiré sobre mis rodillas, y después de un momento recogiendo mis pensamientos, grité en lo más profundo de mi corazón: “¡Atráele hacia ti Tú mismo, Dios mío!”

«Sin decir una palabra le mostré el crucifijo a nuestro querido inválido. Rayos de luz divina, llamas de fuego divino, corrieron, diría yo, visiblemente de la figura del Salvador crucificado, y al instante iluminaron el alma y encendieron el corazón de Chopin. Lágrimas ardientes corrieron de sus ojos. Su fe revivió de nuevo, y con un indecible fervor se confesó y recibió la Santa Cena. Después del sagrado Viático, penetrado por la consagración celestial que los Sacramentos derraman sobre las almas piadosas, pidió la Extremaunción. Deseó pagar con esplendidez al sacristán que me acompañaba, y cuando le comenté que la suma que presentaba era veinte veces excesiva, respondió: “No, porque lo que he recibido no tiene precio”.

«Desde esta hora era un santo. La lucha mortal comenzó y duró cuatro días. La paciencia, la confianza en Dios, hasta la gozosa seguridad, nunca le abandonaron, a pesar de todos sus sufrimientos, hasta su último aliento. Estaba verdaderamente feliz, y se decía feliz. En medio de los más agudos sufrimientos expresaba sólo un gozo extático, un conmovedor amor de Dios, agradecimiento por haberle conducido de vuelta a Dios, desprecio del mundo y de sus bienes, y un deseo por una muerte pronta.

«Bendecía a sus amigos, y cuando, después de una crisis aparentemente última, se veía rodeado por la multitud que día y noche llenaba su cuarto, me preguntaba: “¿Por qué no rezan?” Ante estas palabras, todos cayeron de rodillas, y hasta los protestantes se unían a las letanías y oraciones por los difuntos.

«Día y noche estrechaba mi mano, y no dejaba que me apartara de él. “No, no me dejarás en el último momento”, dijo, y se apoyó contra mi pecho como un niño pequeño se esconde en el pecho de su madre en un momento de peligro.


«En seguida llamó a Jesús y a María, con un fervor que se extendía al Cielo; pronto besó el crucifijo en un acceso de fe, esperanza y caridad. Expresó las más conmovedoras palabras. “Amo a Dios y al hombre”, dijo. “Estoy contento de morir así; no llores, mi hermana. Amigos míos, no lloréis. Soy feliz. Siento que me muero. ¡Adiós, rezad por mí!”

«Agotado por convulsiones mortales, les dijo a los médicos: “Déjenme morir. No me mantengan más tiempo en este mundo de exilio. Déjenme morir. ¿Por qué prolongan mi vida cuando he renunciado a todas las cosas y Dios ha iluminado mi alma? Dios me llama: ¿por qué retenerme?”

«En otra ocasión dijo: “¡Hermosa ciencia, que sólo le deja a uno sufrir más tiempo! Si pudiera devolverme mi fuerza, cualificarme para hacer cualquier bien, hacer cualquier sacrificio… Pero una vida de desmayos, de pena, de dolor para todos los que me aman, prolongar tal vida… ¡Qué hermosa ciencia!”

«Entonces dijo de nuevo: “Me dejas sufrir cruelmente. Quizás te has equivocado sobre mi enfermedad. Pero Dios no se equivoca. Me castiga, y por eso Lo bendigo. ¡Qué bueno es Dios castigándome aquí abajo! ¡Qué bueno es Dios!”

«Su lenguaje habitual era siempre elegante, con palabras bien elegidas. Pero para expresar al fin su gratitud a todos, y a la misma vez, toda la miseria de los que mueren sin reconciliarse con Dios, exclamó: “Sin ti hubiera muerto («krepiren») como un cerdo”.

«Mientras moría todavía invocaba los nombres de Jesús, María, José, besaba el crucifijo y lo apretaba contra su corazón exclamando: “¡Ahora estoy en la fuente de la Bienaventuranza!”

«Así murió Chopin, y de verdad fue su muerte el más bello concierto de toda su vida.

«Rogad por él, señora».


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