sexta-feira, 3 de março de 2017

Él tuvo un lío, ella pasaba de él, se separaron: pero alguien ofreció ayuda y supieron aceptarla

Entendieron que amar y perdonar no son sentimientos, son decisiones
Letizia Quattrini y Massimo Marinangeli: rescatados del naufragio por el salvadidas de la Cruz, una imagen que expresa la imagen corporativa de Retrouvaille.
ReL 2 marzo 2017

Letizia Quattrini y Massimo Marinangeli son abuelos felices. Y están casados. Esto no es un hecho secundario en su vida porque su matrimonio naufragó y volvió a nacer después de un largo recorrido de reconciliación que les ha llevado a ser, por fin, una pareja. Antes, en cambio, después de casarse eran sólo dos individuos con sus egoísmos y dificultades.

El único que creyó que eran una sola carne en esos años de despedidas y de retornos fue Dios, que se mantuvo fiel a la promesa. Así, mientras ellos se perdían y atravesaban, como muchos, el calvario del divorcio, el único que sostenía ese sacramento era Él, a quien han encontrado de nuevo a su lado cuando se han mirado a los ojos para volver a empezar.

La historia de Letizia y Massimo, de Ancona (Marcas, Italia) es la historia de un renacimiento o, mejor, de un reencontrarse, traducción del francés retrouvaille. Y Retrouvaille es el nombre de la asociación que, discretamente y sin clamor, se ocupa de reducir las heridas de las parejas que se separan.

No con el objetivo de encontrar un sentido a un adiós para estar mejor consigo mismo, sino con el único fin de volver a estar juntos. Porque, como dice el lema de la asociación, Separarse no es la solución. La experiencia de Retrouvaille en Italia no es aún muy conocida; sin embargo, está presente desde 2001 [pincha aquí para contactar con Retrouvaille en España], pero merece difundir a los cuatro vientos su existencia y no sólo por los altísimos porcentajes de éxito, alrededor del 70% de los casos. Hay que darla a conocer porque a fuerza de considerar el divorcio como una de las muchas soluciones, a veces la única, se acaba hiriendo a toda la sociedad. Y las advertencias sobre el descenso demográfico y la crisis de las relaciones familiares lo demuestran a diario.

Pero dado que Retrouvaille es también un camino de fe, es inevitable que en el recorrido uno se tropiece con Quien ha bendecido esa unión a la que ha permanecido fiel también durante la tempestad. La Nuova Bussola Quotidiana ha entrevistado a Letizia, descubriendo que el recorrido del reencontrarse ha tenido como protagonista precisamente a uno de los tres hijos de la pareja, porque ellos, los hijos, son el punto más débil del proceso de separación. Son el eslabón que nadie tiene nunca en cuenta. Y sobre el que nadie, ni películas, ni canciones, dirá nunca nada porque, por desgracia, el divorcio se ha convertido en un tabú a la inversa: ha entrado en la esfera de los derechos universales y ponerlo en discusión es una operación arriesgada. Pero el divorcio puede disolverse como nieve de marzo. Basta sólo con pedir ayuda.

-Letizia, ¿cuándo empezó vuestra historia?
-En 1982, con el matrimonio. Nadie nos había explicado nada. En 1983 nace nuestro primer hijo y en 1984 el segundo. Pero nuestra relación estaba en peligro: desde el primer momento tuvimos contrastes, las tensiones caracterizadas sobre todo por falta de comunicación o por una comunicación equivocada.

-¿Cuánto tuvo lugar la ruptura?
-Cuando mi marido empezó una relación con una compañera de trabajo. Años después entendí que había dejado de confiar en mí porque yo decidía todo sola, hacía todo sola y ese fue el primer error: el de pensar que tenía que hacerlo todo sola. Así el otro se siente excluido y entonces, cada uno busca su perfección personal.

-¿Qué hizo usted?
-Cuando descubrí la relación no tuve el valor de separarme y quise otro hijo. Nació Bárbara, pero todo degeneró rápidamente: no había intimidad, no había nada. Pedí la separación.

-¿Cómo fue ese periodo?
-Angustioso. Creemos que somos libres; en cambio, se tienen más cadenas que antes, somos esclavos de nuestras pasiones.

-¿Tuvo otras historias?
-Sí, pero no me importaban nada. Mi corazón estaba vacío. Hasta que…

-¿Hasta qué?
-Nuestro segundo hijo se trasladó, con veinte años, a Roma para la especialización universitaria. En la Sapienza [Universidad de Roma] conoció a una religiosa con un carisma muy particular: el de acercarse a los jóvenes para ayudarles a rezar. Él se abrió e inició un periodo de conversión.

-¿Todo empezó por el sufrimiento de uno de sus hijos?
-Sí. Conocí la experiencia de Retrouvaille, presente en Italia desde 2001. Nuestro hijo nos propuso participar en un fin de semana de conocimiento. Quería que hiciéramos ese camino.


-¿Y ustedes?
-Massimo aceptó enseguida, había sufrido el ser abandonado y nunca había cerrado la puerta definitivamente. Yo, en cambio, dije que sí sólo para que él se pusiera el alma en paz sobre el final de nuestra historia. Digamos que acepté para demostrar que no había nada que hacer.

-¿Y en cambio…?
-Ese fin de semana se me abrieron los ojos. Entendí muchas cosas sobre él que no había entendido nunca. Para nosotros fue fundamental comprender los déficits de comunicación que habíamos tenido en los primeros años de matrimonio. Me di cuenta de sus sentimientos, gracias también a los testimonios de las otras personas que veía que estaban en situaciones desesperadas, pero llenas de esperanza. La esperanza de la persona que da testimonio del recorrido que ha hecho te hace entender que es posible renacer en la esperanza. El problema del divorcio es, sobre todo, un problema de falta de esperanza.

-Pero el camino de Retrouvaille, ¿es sólo una técnica de escucha y comunicación?
-No, hay mucho más. Al mismo tiempo me había alejado de la fe, por lo que volví a descubrir esta Iglesia como una madre que te abre los brazos. También los sacerdotes te acogen contándote su historia, se empieza a razonar de otro modo, te entran en el corazón verdades a las que nunca antes habías prestado atención.

-Tras el primer encuentro, ¿qué pasó luego?
-Poco a poco proseguimos con los encuentros, que se convirtieron en regulares, destruyendo así tópicos como: "El amor, cuando se acaba, se acaba". En cambio, lentamente, empezamos a entender que el amor es una decisión, que se construye. Empezamos a reconstruir una intimidad.

-¿Qué espacio ha tenido el perdón?
-Decisivo. En Retrouvaille se trabaja mucho sobre uno mismo, pero también sobre los propios orígenes, porque determinadas heridas nacen de la relación con los padres, con premisas equivocadas; se comprenden los errores y se siente la necesidad de pedir perdón y de perdonarse. Ambos teníamos heridas, pero el perdón también es una decisión, es necesario un camino de conciencia del mal causado y del mal sufrido.

-Hablemos de los hijos...
-Sufren, tal vez no lo dicen, pero sufren. Nadie les presta atención porque nuestra mirada está dirigida hacia el exterior, intentado encontrar a otra persona y llenar tu vacío, pero es una quimera. Durante el camino de Retrouvaille surgió también el sufrimiento de los hijos. Y también aquí fue necesaria una buena dosis de perdón. Cuando volvimos juntos renacimos.

-¿Cómo está organizado Retrouvaille?
-El primer fin de semana hay tres parejas-testimonio que presentan su historia; son parejas que, como nosotros, han participado en el programa. Con ellas hay siempre un sacerdote. Se empieza el viernes y se acaba el domingo por la tarde; es una inmersión total en la que, gracias a los testimonios, se examinan las verdades principales. Posteriormente empiezan unos encuentros de dos horas a la semana durante doce semanas. Es un recorrido largo y arduo durante el cual se analiza con las parejas y el sacerdote las verdades que emergieron en el primer encuentro. Una vez terminado el recorrido fue natural para nosotros ofrecer nuestra disponibilidad.

-¿Hay psicólogos o "expertos"?
-No. Retrouvaille se basa sobre el testimonio. Es lo que te enseña y te hace sentir cercana tu situación.

Retrouvaille está extendido en todo el mundo. En la imagen, cuatro matrimonios participantes en el programa.

-Una experiencia así, de tipo católico... ¿por qué?
-Porque la Iglesia es capaz de hablar al corazón del hombre. Yo he vuelto a descubrir la Iglesia madre y me ha sorprendido que en el recorrido de reconciliación también el sacerdote haya pedido perdón por todas las veces que no ha sido capaz de ayudar a los esposos que sufren, o por haberlos preparado de manera inadecuada.

-Ahora su vida ha renacido después de seis años de separación. ¿Qué piensa del debate sobre el acceso a la comunión de los divorciados que se han vuelto a casar?

-No puedo sentenciar, puedo sólo contar mi experiencia.

-¿Cuál sería?
-Cuando estaba separada pensaba en la comunión como una reivindicación; en un cierto sentido pretendía acceder a ella. Después de la conversión me di cuenta de que, desde fuera, determinadas dinámicas se viven con la lógica de la reivindicación y la pretensión. Desde dentro se experimenta un verdadero sentido de unidad y se comprende que la actitud cristiana no es la pretensión. Me pregunto cuántos estarían dispuestos a hacer un camino serio… No lo sé, pero cuando estás dentro vives determinadas exigencias con otros ojos.

-¿Cuánto ha contado el contexto externo? Los amigos, los familiares...
-Es fundamental para apoyarte en las decisiones. Muchas personas nos decían: "Pero, ¿por qué lo hacéis? Vuestros hijos ya son mayores". En cambio puedo decir con certeza que nuestro matrimonio nunca ha sido tan hermoso y tan pleno; hemos tenido los instrumentos para construir lo que antes era un simple vivir al día en el egoísmo.

-¿Qué sucede cuando dais vuestro testimonio?
-La gente se queda sorprendida, se conmueve, siente que hay una verdad que les toca en lo más hondo. Es verdaderamente cierto que el amor es una decisión, pero sostenida por el Cielo. Nosotros somos testigos de ello.

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).

Pincha aquí para contactar con Retrouvaille en España.

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