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domingo, 25 de setembro de 2016

Un ex protestante cuenta sus dificultades para acoger a María, rezar el Rosario y cómo las superó

Aun convencido de sus bondades, no le cogía el tranquillo

Superadas las razones intelectuales propias de un protestante, a David le esperaban otras muy conocidas también por los católicos
Cari Filii  25 septiembre 2016

Para alguien que viene del protestantismo, la centralidad de la devoción mariana que implica el rezo del rosario puede ser una dificultad. Es el caso de David Michael Phelps, casado, padre de cuatro hijos, profesor de literatura, productor de documentales y escritor.



Pero además se encontró con un obstáculo muy común a católicos de cuna. Recientemente explicó en Crisis Magazine cómo superó estos impedimentos:

En estos diecisiete años desde que fui acogido en la Iglesia mi relación con el rosario ha tenido bastantes altibajos. Todo empezó con mis dificultades con María.

Decidí convertirme al catolicismo antes de sentirme plenamente cómodo con la "cuestión de María". (Este es el término educado que la versión protestante de mí mismo empleó después de reducir mi actitud desde un "fuertemente sospechosa" a la más manejable "incómodamente tolerante"). Como evangélico protestante, sólo veía a María en el periodo navideño, e incluso en esta ocasión no la consideraba como algo especial. Ella era algo así como la prima tímida y distante que aparece sólo en la comida de Navidad y que se sienta en silencio en una esquina de la mesa de los niños. Tal vez la reconoces, pero no recuerdas si has hablado alguna vez con ella.

En algunos ambientes protestantes, explica David, la Virgen María solo aparece al llegar la Navidad, y en un lugar secundario.
Cuando me convencí de la verdad de la fe católica y de la función protectora de la Iglesia, estaba deseando admitir que mi incomodidad con la "cuestión de María" no era motivo para mantenerme alejado de la Eucaristía. Esto se resolverá solo, me decía a mí mismo. Y prácticamente ha sido así.

La dificultad y las frustraciones del rosario
A pesar de que la dificultad inicial hacia María se transformó, en los años siguientes, en afecto y, posteriormente, en amor, no conseguía cogerle el tranquillo al rosario.

Intelectualmente entendía los beneficios de su método y perspectiva. Comprendía que muchos santos lo ofrecieran como una manera preeminente de oración cristiana, de crecimiento, de florecimiento espiritual y de conciliación. Comprendía su carácter físico, es más, apreciaba mucho este aspecto.

Pero a pesar de todo esto, seguía siendo algo que no acababa de comprender. ¿Cómo podía dirigirme a una persona, hacer una serie de invocaciones, mientras meditaba acerca de los eventos de la vida de otra persona, sin confundirlas y no prestar atención a ambas? Sentía como si mi espiritualidad me obligase a estar repicando y a la vez en la procesión. Mi atención estaba siempre dividida y, por consiguiente, dispersa. Me encontraba siempre distraído. Al final optaba por dejar el rosario. De usarlo tan poco, el rosario que llevaba en el bolsillo acabó teniendo la forma de un nudo enmarañado. Una imagen perfecta de mi vida de oración.

A muchos católicos de cuna les puede resultar difícil comprender por qué la espiritualidad mariana es tan incómoda para los conversos del protestantismo. Pero en la vieja escuela del fundamentalismo, la invocación de los santos y el honor especial otorgado a María eran cosas que pertenecían a los cuentos del hombre del saco. Se nos decía con toda claridad que estos engaños papistas eran errores de los que los católicos se arrepentirían en el infierno durante toda la eternidad. Considerando el ambiente cultural en el que crecí, incluso cuando estas actitudes difamatorias no se explicitaban, es fácil entender por qué, a pesar de que la mente rechace estos disparates, el corazón recuerda sus miedos de juventud.

Estos fueron los obstáculos que durante más de quince años hicieron que el rosario fuera para mí una práctica más incumplida que observada. Pero recientemente he tenido tres revelaciones -embarazosas de lo simples que han sido- que me han ayudado, por fin, a entender un poco el fundamento. Y no tienen que ver en absoluto con María, o con el rosario, ni tan siquiera con la oración general. Empiezan con Cristo.

El camino que Cristo ha pisado
Como muchos conversos, inicialmente llegué a la fe católica a través del estudio. Me gusta leer, estudiar, escribir y hablar sobre el Evangelio… todas ellas actividades mucho más fáciles que vivirlo. A fin de cuentas, ser crítico es mucho más cómodo que estar en el escenario. Prefiero no arriesgarme en primera persona. Es mucho más fácil escribir palabras acerca de la vida cristiana que encarnar la Palabra.

Pero la vida cristiana no es una vida de palabras incorpóreas, sino de encarnación. La vida cristiana es el Camino (tomo prestado el término de Jesús y de sus primeros discípulos) y, por lo tanto, las prácticas de espiritualidad no son pequeñas islas de actividad que salpican el resto de nuestras actividades diarias, formando (es lo que esperamos) algún tipo de perceptible archipiélago de santidad. Se nos pide que recemos siempre, lo que significa que la vida espiritual es una infusión, una saturación. La ortodoxia es inseparable de la ortopraxis.

Cuando Cristo llamó a sus discípulos no les anunció un plan de salvación y de pureza doctrinal en doce pasos. No, Él dijo: "Venid y veréis" y "Seguidme". Para recalcar lo que quiero decir, un modo de decirlo ahora sería: "Eh, tú, ven aquí. Quiero mostrarte algo".

Orar no es sólo hablar: es también imitar al Maestro.
Cuando un rabino se hacía cargo de sus estudiantes, no esperaba que ellos llegaran y simplemente escucharan lo que les tenía que decir. Se esperaba de ellos que observaran cómo vivía y que empezaran a vivir así, que comieran lo que él comía, que se lavaran las manos como hacía él. El objetivo de  "seguirle" era seguirle mimando todo lo que hacía. El objetivo no era únicamente transferir la información de su cabeza a la de ellos. Y esto era aún más verdad en los que seguían al Verbo Encarnado.

Este principio es verdaderamente importante cuando lo aplicamos a nuestra oración. En su pequeño y magnífico libro El Rosario, Hans Urs von Balthasar escribe que "la oración cristiana puede llegar a Dios sólo siguiendo el camino que Dios mismo pisó; en caso contrario, precipita fuera del mundo y cae en el vacío, presa de la tentación de considerar este vacío como Dios o de considerar a Dios la nada en sí misma.… El camino entre Dios y nosotros ha sido pisado en ambas direcciones. 'Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida'".

Tras leer esto me di cuenta, por primera vez, de que mi oración personal no era una cuestión de iniciativa personal. Era algo totalmente distinto.

La oración es un servicio de obediencia
La oración es, de hecho, un servicio de obediencia. El padre Jacques Philippe, en su conmovedor libro Tiempo para Dios, nos dice que nunca es buena idea utilizar nuestro deseo personal de rezar como una motivación para rezar (y, por consiguiente, aceptar la reticencia a rezar como una razón para no hacerlo). "Hay otro motivo para ir al encuentro de Dios en una oración mental que es igualmente significativa y mucho más profunda y constante: Él nos invita a hacerlo". Lo que debe ser nuestra guía, dice este padre, es "la fe y no… nuestro estado de ánimo subjetivo". Rezamos por obediencia.

La obediencia tiene una mala connotación para la mente liberada, como es la sensibilidad protestante (consideren el significado del término protestante). Ser obediente es, de alguna manera, tirar por la borda la libertad y la sinceridad. La obediencia es vista como una situación de poder dentro de las relaciones. Obedecer puede ser mejor que sacrificarse, pero ambos tienen que ser sin esfuerzo y libremente, ¿no?
En la vida cotidiana la obediencia es también una muestra de confianza. En la oración no es distinto: el mérito procede del amor.
 Para la mentalidad católica, la obediencia no es una cuestión de poder o de comodidad, sino de confianza. La obediencia es la manera de vivir la confianza. Obedeces a la persona en quien confías. Desobedeces a alguien cuando quieres confiar más en ti mismo que en la persona que te pide docilidad. Puede haber ocasiones en que hacer esto sea prudente, pero no cuando se trata del Hijo de Dios.

Esto hizo que me planteara de nuevo la cuestión de la oración. Si la oración es una cuestión de obediencia, entonces es un modo de seguir a Cristo en su Camino… quizá la primera forma de hacerlo. Por lo tanto, no rezar es declarar que confío más en mí mismo que en Cristo, el Camino. Es caminar por un camino que yo he trazado.

Pero incluso si decidía obedecer, confiar, aún tenía desafíos a los que enfrentarme.

Ella, la que muestra el Camino
Cuando rezamos estamos, obediente y confiadamente, viviendo con Jesús, siguiéndole, mirando lo que Él hace para hacer nosotros lo mismo. Pero al dirigir nuestra mirada a esta labor nos damos cuenta inmediatamente de que no vemos muy bien. Consideremos, como prueba de ello, todos los "modos" contradictorios con los que los cristianos han intentado vivir una vida cristiana… las diversas sectas, cismas, heterodoxias, heteropraxis y herejías. La complementariedad es una cosa, pero la contradicción es otra y si los cristianos viven de manera contradictoria es razonable concluir que algunas personas ven más claramente que otras.

Y aquí llegó una revelación clave para mi vida de oración, un modo de comprender a María que hizo huir a mi fantasma protestante: María es la lente correctora. A través de sus ojos podemos ver a Jesús mejor porque ella no tiene las cataratas del pecado. Ella posee la mejor vista del drama del Evangelio y posee la visión más clara del mismo. A través de esta lente Dios enfoca su luz. Por este motivo el lugar de María es difícil de ver y por eso a menudo es un lugar escondido: para servir como lente Ella debe ser translúcida. Así lo expresó Hopkins: "A través de Ella le podemos ver a Él / de manera más dulce, no más tenue /y la mano de ella abandona su luz / tamizada para adecuarse a nuestra vista".

Al comprender a María de este modo fue más fácil para mí comprender el rosario. Como servicio de obediencia desde la posición ventajosa de María, el rosario, como expresa Von Balthasar, nos ofrece la oportunidad de rezar dentro de la unión que María comparte con Cristo. Si "la oración cristiana puede llegar a Dios sólo siguiendo el camino que Dios mismo pisó, ¿cómo nos ha alcanzado este Camino?", pregunta Von Balthasar, "¿cómo ha penetrado la 'Luz' dentro de nosotros? ¿Cómo ha vivido la 'Palabra' entre nosotros? … Alguien tuvo que recibir la Palabra de una manera tan incondicional para asegurar que tuviera un lugar en un ser humano y, así, poder convertirse en hombre, el Hijo de una Madre".

El Camino de Cristo, esta Palabra Encarnada, llega desde el Padre a través de su Madre y mientras Cristo vuelve al Padre, nosotros quedamos atrapados en la estela del movimiento de su amor. María vive y reza en el silencioso centro de este amplio movimiento y el rosario nos permite compartir su posición ventajosa, entrando en el Camino de Cristo junto a ella, que lo comparte íntimamente. Esta posición ventajosa es, al fin y al cabo, una posición de participación, no un mero punto de observación. María observa el drama desde el escenario. Al ver la Luz, ella brilla con la Luz. Tomando prestada una frase del dramaturgo Eugene O’Neill, viendo el secreto ella se convierte en secreto.

Esta realidad adopta una forma conmovedora en el motivo iconográfico llamado Odighitria, la que muestra el Camino.

El icono Odighitria u Hodegetria, en pintura de Berlinghiero Berlinghieri.
En este icono, Nuestra Señora tiene en brazos al Niño Jesús, al que señala. Este es el Camino, está diciendo. Él es vuestro fin, vuestro significado, vuestra alegría.  A través de su mirada, en este icono y en el rosario, no sólo vemos, sino que también vivimos el misterioso Camino de Cristo de una manera más perfecta. También nosotros, viendo el secreto, nos convertimos en secreto.

Por lo tanto, no hay que tener miedo al rosario, no es algo añadido que debe ser incómodamente tolerado. Es un paso del Camino, un movimiento musical, la gramática en el discurso de la gracia. Es una puerta abierta a las profundidades del Sagrado Corazón que canturrea con los ecos de los misterios que hay detrás. Ojalá seamos capaces, sobre todo los conversos, de aprender a abrir esa puerta con algo más de prontitud.

Publicado en Cari Filii.
Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares) para Cari Filii.



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